Antonio

Antonio estaba nervioso. Siempre que iba a dar una conferencia se le revolvían las tripas. Tenía que ir por lo menos un par de veces al baño a vaciarlas antes de llegar a la tribuna del orador. Daba igual la experiencia acumulada en los años pasados. Daba igual el tamaño del aforo.  Daba igual el nivel del público al que se iba a dirigir. Siempre había nervios y retortijones.

Hoy era un día especialmente importante y Antonio sabía que iba a triunfar. Pero quería todo en su sitio. Ordeno sus papeles sin hacerles mucho caso pues tenía bien asegurada en su memoria toda la conferencia. No necesitaba de ninguna nota, era más bien algo para tener las manos ocupadas. Iba murmurando frases enteras de su presentación, cambiando la entonación y pensando la mejor manera de acomodar sus expresiones para enfatizar sus palabras. Bien levantando la mano, bien alzando una ceja o acometiendo una sutil pausa de expectación. En ocasiones sublimes incluso combinando todos esos recursos.

Todavía recordaba con alegría aquellos primeros días en su primer curso de oratoria y retórica. Como su empresa había pagado este curso a una serie de directivos que tenían que vender y exponer ideas y productos del grupo. Como se había sentido un poco cohibido el primer día de curso y como casi al instante se había enamorado de las ideas allí presentadas. Después del curso, que le pareció muy corto para lo que él quería aprender, se metió de lleno en la búsqueda de información y conocimientos de la materia. Muchas horas buscando libros y muchas más practicando delante de espejos. Una vez ganada la confianza y conseguidos los primeros avances frente al espejo paso a tener un público más selecto, su mujer e hijos. Estos en un primer instante entusiasmados con su cabeza de familia para pasar a aburrirse pronto y bostezar con más asiduidad. Al principio Antonio no les prestaba mucha atención pero después se dio cuenta que en su vida laboral iba a encontrarse con un público que iba a reaccionar de esa manera, que iba a necesitar tomar las riendas de la conferencia para volver a llevar a su auditorio al punto de atención querido. Empezó a desarrollar entonces una serie de triquiñuelas de orador y ponerlas en práctica consiguiendo resultados cada vez más satisfactorios.

Su técnica mejoro con el tiempo y con todos los recursos que dedico a ello. Tiempo que robaba de todas partes, de su sueño, de sus comidas y de su familia. La afición pasó a ser obsesión  y luego compulsión. Pero cada vez era mejor. Su éxito no pasó desapercibido y recibió múltiples e interesantes ofertas de trabajo para continuar con su vida laboral en mejores firmas.  Pudo ser capaz de seleccionar entre las mejores y escoger a voluntad.

Hoy, en la cumbre de su carrera profesional se disponía a darlo todo y a triunfar como nunca. Punto álgido e insuperable. Cumplido el ritual de sus visitas al aseo se arregló el traje, carraspeo y se dirigió al estrado de la tribuna de los oradores.

– Antoñito anda, bájate del banco y vámonos al centro que hoy va a ser una noche muy fría – le comento el agente social.

Antonio, con la mirada perdida, se fue dando cuenta de su entorno, del parque en el que estaba, de los otros compañeros que se estaban levantando para ir a la furgoneta, dejando sus botellas vacías tiradas por el suelo. Se fue dando cuenta de su ropa, raída y completamente desconjuntada. Con un parpadeo le dio la mano al agente social y bajo del banco que se había subido. El agente se giró para acompañarlo  a la furgoneta y no pudo observar la solitaria lágrima que cayó por el rostro de Antonio.

En Madird a 18/11/2015

José Miguel Rodríguez

Anuncios