El Gordo

Se desplazó lentamente hasta el sofá y dejó caer su cuerpo en su sitio favorito, justo junto al reposabrazos derecho, para tener más cerca la mesita con los mandos a distancia. El gruñido de protesta del sofá al recibir todo su peso quedo amortiguado por los ruidos y resoplidos que salían de su boca al sentarse. Tuvo que posar la coca cola para poder agarrar el mando de la televisión. Sin soltar el bol de palomitas que tenía en la otra mano, pulso el botón de encendido. Mientras colocaba el cuenco de palomitas en su regazo, miro la televisión que no quería encenderse.  Pulso con más fuerza el botón de encendido del mando, incluso se le escapo una ventosidad al hacerlo, pero no le dio importancia, no era la primera vez que le ocurría. Finalmente y tras varias pulsaciones, a cual más fuerte, la televisión respondió con un pequeño brillo, salvando así al mando de la tortura a la que le estaban sometiendo.

Una interjección de reconocimiento salió de su boca mientras posaba el mando para liberar la mano y poder así retomar el refresco. Un trago rápido y devolución a su lugar de reposo pare tener nuevamente la mano libre. Esta vez el objetivo seleccionado eran las palomitas. Sin piedad hundió la mano en el cuenco y cerro la presa sobre un puñado de desprevenidas palomitas. Había gente que utilizaba los dedos para comerlas, pero él no. A él le gustaba usar toda la mano, sacar el puño cerrado con su presa, llevársela a la boca y engullir su trofeo. Es cierto que algunas palomitas conseguían escapar de su destino. Por lo menos mientras el cuenco aún tuviera existencias. Luego llegaba la caza y captura. Una  a una iban cayendo las palomitas disidentes. No importaba donde se escondieran. Tenía un talento especial para cazarlas. Y no consentía que ninguna se librase. ¡Pero si no se libraban ni las que no habían explotado y aún conservaban su redondez inicial en el fondo del cuenco!

Afanándose en acabar con las palomitas levantó la vista para descubrir el programa que estaban pasando por la televisión. Tardo un poco en entender que era un documental. Al principio no estaba prestando atención a las explicaciones y solo se centraba en las imágenes. Poco a poco se fue haciendo una idea. Eran unas imágenes cautivadoras, con un microscopio de gran aumento. Se veían junto a un gráfico explicativo, las distintas capas de la piel, Epidermis, Dermis, Hipodermis y un montón de términos más complejos desfilaban por la pantalla y por la boca del narrador. Le llamaron la atención varias cosas. La capa de grasa de la hipodermis, los pelos, las glándulas sudoríparas, las glándulas sebáceas, las terminaciones nerviosas, los capilares sanguíneos. Todo el conjunto era muy interesante. Tanto que comenzó a dejar de estudiar y escuchar la televisión para centrarse en sus pensamientos. El cuerpo es un ente muy curioso. Hace cosas cuando le mandamos. Por ejemplo ahora le estoy mandando comer palomitas y me está haciendo caso, mi orden principal, comer palomitas, se desglosa en ordenes más pequeñas que no controlo directamente, el movimiento de mis manos y dedos, el del brazo hasta el cuenco y después a la boca, el de mis dientes masticando y el de tragar. Todo ello sin ser muy consciente yo de ello. No digamos ya el latido del corazón o la respiración, que de eso sí que ni me entero que se está haciendo. Pero se cumple. ¿Y si pudiera hacer esto mismo a otro nivel?  ¿Y si pudiera mandar directamente a mis células hacer cosas? ¿No sería genial? Veamos. ¿Y si me concentro en la piel, por ejemplo? ¿Qué pasa si ordeno a mi cuerpo ponerse a trabajar? ¿ A mis músculos a quemar grasa? Seria genial. Me iría a la cama un día y me levantaría a la mañana siguiente siendo todo un deportista. Claro que tendría agujetas.  ¿Pero y si lo enfocamos de otro modo?  ¿Y si solo ordeno a mis células que desechen toda la grasa? ¿Qué la saquen de mi cuerpo? Aquí tengo mogollón de capilares sudoríparos dispuestos a ayudar, listos para sacar la porquería fuera. ¡Vamos células vamos, a trabajar! ¡A sacar la grasa fuera! ¡Yo os lo ordeno¡

Con esas ideas en la cabeza, con el cuenco de palomitas casi terminado y con un documental tan interesante en la televisión lo inevitable se hizo real. Se quedó dormido.

Se despertó con frio. No sabía cuánto tiempo había pasado, ya era de noche. Solamente iluminado por la luz de la televisión y sus anuncios. Abrió los ojos, notando un cansancio extraordinario. ¿Pero qué demonios? Se notaba húmedo.  Intentó girar la cabeza para ver si se le había caído la coca cola encima,  pero no podía. Le pesaba mucho. Intento levantar la mano sin éxito tampoco. Se dio cuenta de que su respiración era muy lenta, los latidos del corazón también eran muy pausados. Solo podía mover un poco los ojos y con la cabeza ladeada sobre el sillón su ángulo de visión no era muy amplio. La iluminación tampoco ayudaba mucho. Pero de repente la escena de la televisión cambio. Se hizo muy brillante, iluminando la estancia y permitiéndole observar con terror su entorno. Estaba rodeado de una pasta informe que cubría el suelo, el sofá, su ropa. Olía fatal. Su cuerpo le había hecho caso había expulsado toda la grasa fuera de él.

 

Madrid 23-Diciembre-2015

José Miguel Rodríguez