El Ojo

Extracto de las memorias del gran Hantun Clash der Hantun «El ojo»

Era el momento cumbre de la batalla y todo dependía de mi disparo. Era en estos momentos cuando ser un arquero era la mejor sensación del mundo. Si conseguías olvidarte de todo lo que tenías alrededor, si conseguías solo centrarte en tu objetivo, formar un todo y ser uno con él, desde tu hombro pasando por el codo y llegando a la mano que sostenía la cuerda del arco, rozando las plumas de la flecha, imaginando la línea perfecta que prolongaba su punta hasta el punto elegido del blanco, todo eso en tu cabeza, y nada más. Tenías que olvidarte del campo de batalla. Tenías que olvidar los cadáveres, el olor del miedo de tus compañeros, los ruidos provocados por el entrechocar de los aceros desnudos con los escudos levantados, los gritos de ánimo o terror, más guturales que articulados. Tenías que olvidarte del entorno, de la luz del sol que bañando el campo de flores pisoteadas, jugaba con las armaduras de los caballeros, mandando reflejos de luz y energía en las más disparatas direcciones. Tal y como decía mi padre, la única forma de vencer era no estar allí, era encerrarte en tu mundo, concentrarte y olvidarte de todo, solo hacer tu trabajo.

No había mejor trabajo en el mundo. Tal y como contaba Padre, los caballeros estaban sobre valorados. Siempre contaba la historia de Sir Penkins der Trumph y su fiel arquero. Aquella en la que se enfrentaron al dragón Krrying que estaba asolando la comarca de Zolan. Se había congregado un buen número de caballeros con sus séquitos, todos en busca del honor y la fama por acabar con el famoso Krrying. Algunos de los contingentes más grandes ya se habían desplegado por las zonas más inhóspitas de la comarca con la esperanza de dar con Krrying pero finalmente las canciones se cantaron en honor de Sir Penkins der Trumph. Lo que no sabía la gente pero mi padre se encargaba de recordarles es que el señor Penkys como él le llamaba, estaba a punto de perder la cabeza dentro de las mandíbulas de Krrying cuando su arquero mayor atravesó el ojo izquierdo del dragón y clavó la flecha profundamente en el cerebro del animal matándole instantáneamente. El trabajo bien hecho y una ligera palmadita de agradecimiento en el hombro fue todo el premio que recibió. Incluso su nombre se olvidó. Sin embargo todavía se cantaban las canciones en honor de Sir Penkins der Trumph y su bravo combate.

Por eso yo no debería de esperar fama, ni canciones que se cantaran recordando mis hazañas. Ni sería reconocido y vitoreado al entrar en las ciudades. Solamente tendría que hacer mi trabajo. Y servir a mi señor lo mejor que pudiera. Servirle con mi arco, que tenía que ser una prolongación de mi cuerpo. Una parte más de mi.

Padre, y su padre antes que él y su abuelo también; eran arqueros. Buenos arqueros del reino. Como Padre decía, un arquero no nace con la habilidad, un arquero tiene que trabajar muy duro hasta que consigue llegar a la perfección y luego seguir trabajando más duro.

Notaba el sudor en mi frente, corriendo muy lentamente por mi cabellera, debajo del gorro de cuero. Notaba la tensión mis músculos bajo la ropa. Mi mano iba a comenzar a temblar en cualquier momento. Pero aún no tenía la tensión necesaria en el arco. Necesitaba un poco más. Busque dentro de mí, haciendo todo un esfuerzo por no perder el control, el resto de energía que necesitaba. La encontré. Todo estaba listo para el disparo, tan solo faltaba aplicar esa brizna de más, esa minúscula porción de fuerza y concentración que había logrado encontrar dentro de mí. Cerré los ojos. En mi mente seguía viendo el objetivo, seguía teniendo alineada todas las partes de mi ser con el objetivo. Aplique la reserva final. Desplace un poco más la cuerda del arco, sintiéndola sobre mi mejilla y por fin solté mis dedos. Liberé la flecha.

Tras unos pocos latidos de mi corazón abrí mis ojos y observe mi entorno.

Me rodeaban mis compañeros de armas Loren y Chop, que tenían en sus rostros una expresión de gran sorpresa, sus pequeños arcos con sus flechas aun apuntando a los objetivos, pero sus ojos centrados en mí, totalmente olvidadas sus instrucciones.

Posé mis ojos en Padre. Serio como siempre. Presentaba un extraño rictus en su cara, no terminaba de interpretar su gesto hasta que estalló en una carcajada. Fue la primera vez en mi vida que lo vi reírse con tantas ganas. Se acercó a mí con dos grandes zancadas, todavía sonriendo ampliamente, me puso ambas manos en los hombros, se puso en cuclillas para estar a la misma altura de mis ojos y dijo:

– Hijo, no sé qué esperaba de este disparo tuyo, pero hacía mucho tiempo que no me reía tanto.

Se puso en pie, me propinó dos ligeros cachetes en la cara y se marchó.

Por fin pude dirigir mi vista a mi objetivo, el pequeño espantapájaros que tan cuidadosamente había construido esa mañana Padre, con sus ojos, su sombrero, su pequeño escudo y una rama simulando la espada. Solitario en el centro de mi imaginario campo de batalla, desafiante y lo peor de todo ileso. Aún a pesar de no tener boca también parecía que se estaba riendo de mí. Busque mi flecha junto al objetivo, a su lado, por detrás. Nada. No la encontré. Mire a Loren a mi derecha, mi cara debería de ser lo suficientemente expresiva para hacer la pregunta sin verbalizarla. Loren desvío su mirada de mis ojos, unos palmos por delante de mis pies. Mire en esa dirección y allí encontré mi flecha, reposando tranquilamente en el suelo, ni tan siquiera clavada y temblando.

Así es como recuerdo mi primer y vergonzoso disparo con arco. Así es como empecé a escribir mi historia de arquero. Si en ese momento me hubiese girado y salido corriendo a esconderme hoy no estaría aquí. Para muchos habría sido un alivio. Para mí….. para mí también.