El Pueblo

El pueblo era mucho más anodino de lo que esperaba. Un pueblo de la España profunda que si alguna vez había tenido sus años buenos hacía mucho tiempo que los había dejado atrás. Deambulaba por las calles a la espera de encontrar un monumento, una iglesia, una estatua, incluso una plaza, que me dijeran algo del pueblo, que le dieran personalidad ante mis ojos. No lo conseguí. Casi estaba por volver al coche y seguir mi camino cuando llegue a la iglesia. Era una mezcla de estilos que una vez más no alimentaban la imaginación del visitante. Todo un fracaso de visita. Me dije a mí mismo que daría una vuelta entorno a la iglesia y me volvería al coche. Seguiría conduciendo hasta el siguiente pueblo y puede que en ese tuviera más suerte. El sol pegaba de lleno en la fachada de la iglesia, así que al girar por su lado norte me encontré en una calle sombreada, que iba perdiendo la luz a medida que avanzaba por ella. Sin embargo, lo más curioso de esa calle era que pegado a la pared de la iglesia había un banco corrido, hecho de la misma piedra que la iglesia, que ocupaba todo el lateral de la misma. A la sombra, en el centro de ese banco, había un anciano sentado, apoyado en su bastón, mirando fijamente al frente, a la pared de lo que bien podría ser una casa abandonada. Me choco mucho la imagen, no solo por ser el primer habitante del pueblo que veía, sino por saber por mi experiencia que los viejos solían sentarse al sol de la mañana para calentar un poco sus desgastados huesos. Así me lo habían contado en todas las ocasiones que en otros pueblos me había parado a charlar con ellos. Tras los primeros segundos de desconcierto decidí acercarme al hombre y probar suerte, igual tenía una buena historia y la parada en este pueblo no había sido en balde al final.

No se percató de que me acercaba, ensimismado en sus pensamientos. Yo no quería sorprenderle ni asustarle mucho con mi intromisión, así que me paré a un par de metros. Valorando la situación pensé en como entablar conversación. ¿Un típico carraspeo? ¿Un comentario sobre el buen día que hacía? En esas estaba cuando el hombre, sin levantar la cabeza ni desviar la mirada se dirigió a mí:

–Acérquese y siéntese.

–¿Perdón?

–Digo que se acerque, si quiere tener una conversación civilizada. Que ya no estoy para hablar a voces y mi oído no es lo fino que solía ser.

Sin rechistar y aprovechando su petición me acomode lo mejor que pude a su lado. La piedra estaba fría y dura, no entendía como el hombre podía estar sobre ella, sin moverse y sin dar muestras de frio. No sabía cuánto tiempo llevaba allí pero aunque fueran solo cinco minutos ya me parecería mucho. Su voz era muy suave, casi un susurro. Como si el frio de la piedra le hubiera robado las pocas fuerzas que tenía para hablar.

–¿Quiere saber mi historia?

–¿Cómo?

–Que si quiere saber cómo he llegado a estar aquí.

La verdad es que me sorprendió una vez más. Mientras yo seguía intentando encontrar un tema de conversación el anciano iba directo al grano, sin preámbulos. El seguía en su misma posición, no había dejado de mirar al frente. Para mí que no había movido un solo musculo excepto los imprescindibles para pronunciar sus palabras.

–Claro, claro, … como no –pude balbucir.

El anciano siguió inmutable, no dando muestras de haber escuchado mi respuesta o incluso de haberme notado a su lado. Todo su lenguaje corporal indicaba que seguía solo en aquella calle, en aquel banco. Si no fuera por sus palabras juraría que era una figura de cera extremadamente realista y detallada, que alguien había dejado allí, a la sombra, para gastar alguna broma a algún vecino despistado.  Aprovechando su inmovilidad le miré fijamente a la cara. Me fijé más en su expresión, en su cara arrugada, sus manchas en la piel, su barba mal rasurada en algunos puntos del cuello, en los pelos de sus orejas y nariz, y por fin capte una leve respiración. Como es lógico estaba vivo y ni el mejor constructor de réplicas de cera podría haber conseguido ese detalle en la piel del viejo. Mi escrutinio pareció no molestar al hombre y mi silencio le debió de agradar. Se estaba tomando su tiempo en seguir hablando. Finalmente se decidió a comenzar su historia,  pensé que sería una historia aburrida de un hombre aburrido que estaba solo y necesitaba hablar. Pensé que habría nacido en ese mismo pueblo, no se habría alejado más de unos pocos kilómetros en su vida  de la plaza de la iglesia y que en breves momentos podría narrar su historia completa hasta llegar al mismo anodino momento en el que nos encontrábamos sin nada digno de mención o recuerdo. Nada más lejos de la realidad.

Con una voz monótona, siempre igual, sin inflexiones ni adornos, el viejo me contó su historia. Como fue el pequeño de una larga lista de hermanos. Como tuvo que labrarse el futuro desde muy pequeño, luchar por la comida, por la ropa, por todo lo básico, incluso por el cariño de su madre y la aprobación de su padre. Como su infancia de trabajo en el campo se pasó volando y pronto fue joven con grandes sueños. Como un día salió por la puerta de la casa frente a la que estábamos sentados y no volvió a mirar atrás. Solo con lo puesto y un montón de sueños. Siguió luchando por el sustento y un techo durante aquellos primeros años duros. Siguió aprovechando cada una de las pocas oportunidades que la vida le puso delante. Y supo hacerlo muy bien. Pronto viajó al Caribe. Allí un hombre joven, acostumbrado al trabajo duro y sin miedo de sufrir, podía ir progresando. Y así fue. No se labro una fortuna y se convirtió en un potentado pero si fue capaz de sacarle un poco de partido a la vida y disfrutar de alguna comodidad más. Pudo escoger entre distintos trabajos y los fue usando para acumular experiencias y conocimiento. El listado de las distintas profesiones que desarrollo era escandalosamente largo y tocaba todas las posibles disciplinas. Su relato continuó con un somero paso por las relaciones personales, los amigos y mujeres que había conocido. Como no quiso lazos fuertes ni crear una familia. Como vivía casi siempre al día, festejaba mucho. Trabajaba y festejaba. Todo lo que hacía lo hacía con una gran entrega, nada a medias. Lo daba todo.

Durante todo el discurso no pude aparta la vista del anciano. Aún a pesar de que su lenguaje, tanto el corporal como el hablado, iban completamente en contra de cualquier manual del buen comunicador, la historia era tan absorbente y rica en detalles que no podía dejar de centrarme en ella. Era como un hechizo. Por eso mi sorpresa fue mayúscula cuando el anciano movió su mano derecha como un relámpago y la posó sobre mi muñeca, asiéndola con mucha fuerza. Pegue un pequeño e involuntario salto en el banco. Mi acto reflejo de apartar el brazo fue compensado por la tremenda fuerza de la garra que me aprisionaba. Tras un breve segundo de contacto el anciano me soltó y volvió a su posición normal, sin  ninguna otra muestra de movimiento. Es más, había seguido con su relato, sin pausa, sin cambio de ritmo ni tono de voz.  Por un momento pensé que me había quedado dormido y lo había soñado. Pero mirando mi brazo note que había unas claras huellas de su presa en mi muñeca. Incluso las marcas de sus uñas me habían dejado unos feos arañazos y ya asomaba alguna gota de sangre.  Yo no había notado que sus uñas fueran tan largas, pero tenían que serlo para causar tal destrozo. Pose mi vista en sus manos pero seguían recogidas sobre el bastón y sus uñas no eran visibles. Empecé a asustarme un poco. Primero me dio una sensación ligera de asco. ¿Estarían limpias? ¿Y si estaba enfermo? ¿Me habría contagiado algo? Diría que tenía un aspecto pulcro, no olía mal tampoco, así que me fui tranquilizando un poco pero empecé a pensar en cómo cortar el monologo. Ya no me interesaba para nada su historia. Quería irme de allí y lavarme el brazo. En el botiquín del coche seguro que tenía agua oxigenada o algo parecido para desinfectarme. Con estos pensamientos había perdido el hilo del relato y solo captaba palabras sueltas. Mi cerebro se activó otra vez cuando escuche “maldición” y “selva amazónica.” Deje un poco de lado mi brazo y volví a concentrarme en sus palabras. Al parecer estaba narrando un viaje por lo más profundo del amazonas y como habían contactado con un pueblo primitivo, que terminó con todos los expedicionarios muertos menos él. La forma desapasionada con la que contó las horrendas muertes de sus compañeros me puso los pelos de punta. Por fin llego a relatar la muerte del último compañero, el mecenas de la expedición. Ya solo quedaba él vivo. Estaba en un estado físico lamentable y sin voluntad para luchar. El jefe de la aldea lo miro y pensó que no merecía la pena matarlo, o así lo interpreto el anciano puesto que sobrevivió varios días más sin ningún sobresalto. Finalmente, una noche de luna llena, fue llevado a un claro del bosque, junto a la aldea, donde había un montón de huesos colgados de los árboles, que tenían toda la pinta de ser humanos, cercando el espacio central, donde una enorme roca plana, más negra que la noche misma, reposaba en forma de altar. Allí le esperaba un anciano chaman, untado de lo que esperaba que fuera un barro oscuro,  con plumas enredadas en su enmarañado pelo y la piel de un jaguar por encima de los hombros con la cabeza de la fiera a modo de casco.

La imagen en si ya era horrenda, según el anciano, pero cuando el chamán comenzó a aullar como un loco y a saltar en un ritmo completamente desacompasado, se puso a temblar como un poseso. Los dos hombres que le sostenían lo lanzaron sobre la roca central, lo ataron de pies y manos en unos salientes en la base de la roca y allí quedó tendido, sobre su espalda, mirando a la luna y con las extremidades extendidas formando una gran X. El anciano comentó que nunca en su vida había tenido más miedo que en ese momento, donde incluso perdió el control sobre sus esfínteres y se ensució encima. Yo por mi parte no ponía en duda nada de aquello pues su detallada descripción me dio escalofríos. Decidí esperar un poco más antes de retirarme. Quería saber cómo salió de aquella el hombre menudo que estaba a mi lado. Me enteraría de eso y me marcharía a asearme. Inconscientemente me estaba rascando la muñeca herida mientras seguía escuchando el relato. Estuvo toda la noche atado a la roca, perdía y recuperaba la consciencia por espacios de tiempo que no fue capaz de medir. Vio desaparecer la luna y en lo más oscuro de la noche noto como el chamán le susurraba unas palabras al oído.

–Nunca olvidare esas palabras, “Uncucho Kanaka Pache” –dijo el anciano.

En ese momento me invadió un terror primigenio, por supuesto que no entendí su significado, pero en lo más profundo de mi ser algo se alteró, algo muy dentro de mí, una respuesta primaria grabada en mi ADN o la musicalidad de esas palabras alteraron profundamente mi ser. En ese mismo instante mire mi brazo, y me sorprendió descubrir el sarpullido que me llegaba hasta la parte interior del codo.  Mi corazón empezó a latir con un ritmo apresurado, un grito se quedó ahogado en mi garganta e intenté levantarme del asiento. No lo conseguí, la mano del anciano volvió a cerrarse sobre mi muñeca y con una fuerza asombrosa tiró de mi hasta volver a sentarme.

–¡Suélteme por favor! –conseguí balbucir entre sollozos, completamente perdido el control de mi voz.

–Uncucho Kanaka Pache. Uncucho Kanaka Pache. Uncucho Kanaka Pache.

El viejo no paraba de repetir aquellas tres palabras, su garra aprisionando mi muñeca. Por primera vez en todo este episodio,  se giró hacia mí, clavo sus fríos ojos en los míos y fue acercando su cabeza a la mía, lentamente, sin dejar de repetir una y otra vez.

–Uncucho Kanaka Pache. Uncucho Kanaka Pache. Uncucho Kanaka Pache.

Yo estaba petrificado, no podía moverme, estaba como hipnotizado, como un ciervo detenido frente a los focos de un coche en medio de una carretera. Sabía que era fatal para mí, pero no podía moverme. Sentí un calor húmedo en mi entrepierna. Acababa de orinarme encima.

No sé cuánto tiempo duró el cantico del anciano, a mí me pareció que horas. Me di cuenta que se había callado, sentí que seguía a mi lado y que ya no hablaba. Intenté levantar mi brazo herido, me temblaba. Me pesaba la cabeza también y me costaba mucho respirar, notaba que no tenía fuerzas. Por fin pude levantar el brazo hasta la altura de la cara. La herida y el color rojizo debido al agarrón habían desaparecido. Lentamente giré el brazo y descubrí que mi piel estaba ajada, tenía muchas manchas, como grandes pecas de un color marrón. La carne de mis brazos casi había desaparecido, solo me quedaba pellejo. El temblor de mi mano, todo huesos y con los dedos un poco retorcidos, era notable. Estaba jadeando, me faltaba el aire y notaba que me costaba llenar los pulmones. Intenté levantarme. No pude. No tenía fuerzas.  Mis piernas estaban muy débiles, no creo que soportaran el peso del cuerpo. Aunque notaba que mi cuerpo era solo un saco de huesos, sin mucha carne, no disponía de los músculos necesarios para moverlo. Giré la cabeza hacía el anciano, seguía sentado a mi lado pero con la cabeza entre las manos. De repente soltó una carcajada y se levantó del banco en un salto. No sé qué me pasaba pero no podía verle bien, estaba desenfocado. Reconocía la silueta pero no distinguía los detalles.

–¡Funciona! –gritó el anciano sin dejar de reír.

–¡Ha funcionado!

Me miró y soltó otra carcajada, salto en el sitio y empezó a mover las manos y los pies como un poseso. Corrió por la calle unos metros y volvió hacia mí, saltando como un crio recién salido al patio tras un largo día de colegio.

–¿Ves? ¡Funciona¡

Y siguió riendo con todas sus fuerzas durante un minuto. Cuando pudo controlarse, me miro, con los brazos en jarras y la cabeza inclinada hacia un lado. No podía distinguir su cara ni su expresión.

–Gracias amigo. Muchas gracias por escucharme.

Agarro el bastón que descansaba en el suelo junto a mí, me lo entrego, cerro mis manos sobre él y lo apoyó en el suelo. Sin más dilación se alejó por donde yo había venido, caminando hacia el sol desapareció tras la esquina de la iglesia.

Me llamo Juan, tengo 27 años pero aparento 97. Espero en un banco junto a una iglesia. Miro al frente. Solo. ¿Quieres escuchar mi historia?

José Miguel Rodríguez

Madrid, 27-Marzo-2017

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