El sueño

Ya se le cerraban los ojos, no podía sostener los parpados, pesaban demasiado y total no merecía la pena luchar por una batalla perdida de antemano. Así que se dejó caer en los brazos de Morfeo. Casi inmediatamente comenzó a soñar. Primero fue el sonido, unos pasos rítmicos, acompasados con los latidos de su corazón. Luego llego la imagen. Estaba paseando por un suelo muy mullido, no podía ver la superficie pues había una capa de niebla sobre ella, era una niebla muy densa, casi parecían nubes, casi parecía que iba caminando por las nubes. Al darse cuenta de ello se precipitó a través de la niebla-nube atravesándola lentamente en su siguiente paso. La caída, lejos de ser angustiosa, fue muy agradable. Era una caída lenta, sin sensación de vértigo.  Tampoco se veía ningún paisaje, no había referencias, era un espacio negro y vacío. Pero acogedor. De todas formas la caída no fue lo suficientemente larga para preocupar en exceso. Sin transición aparente apareció un escenario con un suelo solido bajo sus pies. Lo bueno de los sueños es que no nos sorprenden, hasta las cosas más disparatadas pueden parecernos lo más normal del mundo. Así que comenzó a caminar por esa pradera enorme, por el pequeño camino de tierra apelmazada. Sabía que era un camino muy transitado, se intuía el paso de miles de pies anteriores a los suyos.  Hasta donde alcanzaba su vista no había nada que llamara la atención, solamente el camino que cruzaba la interminable pradera. La hierba se mecía bajo una suave brisa que cruzaba de izquierda a derecha su campo de visión. Comenzó a caminar, lentamente, sin prisas y sin objetivos. Solamente disfrutando del paseo y de la brisa. El aire fresco, que no frio, le hizo levantar la vista al cielo. No había sol, solo un cielo azul. Sin rastro de nubes. Parecía un escenario muy poco natural. Cielo azul, suelo verde, camino marrón. Nada más. Sin sensación de frio, sin sensación de calor. No se sentía cansado, ni hambriento, ni tenía ninguna necesidad. Siguió caminando. No sabía cuánto tiempo había pasado , pues no tenía ninguna referencia y el cansancio tampoco hacia mella en él, cuando de repente apareció un bosque a su derecha, junto al camino, a unos doscientos metros de su posición. Encamino sus pasos hacia el bosque, eso sí, sin salirse del camino. Llegó a los primeros árboles y los rebaso, siguiendo el camino y el linde del bosque, con la cabeza girada, observo la masa forestal. Se trataba de un bosque oscuro, no dejaba entrar nada de luz. Los arboles estaban muy juntos y la maleza que crecía entre ellos hacia impracticable entrar. Continuo caminando por el sendero un rato más, sin dejar de buscar un hueco en el tupido bosque, un camino de entrada. Todo su cuerpo le pedía entrar en el bosque aunque un pensamiento racional le hubiera hecho alejarse de allí lo más rápido posible. Finalmente se detuvo. No había una entrada posible. Tendría que desistir. Sin embargo se giró, encaró el bosque y comenzó a caminar resueltamente. El choque fue brutal. Al principio dio la impresión de que el bosque iba a ganar esta primera batalla. Las quimas más bajas se enredaron en su pelo cuando sacudió la cabeza para evitar sacarse un ojo, la maleza se arremolino en sus pies y los arbustos parecían que tenían manos propias que agarraban sus brazos.  Todo se conjuraba para evitarle el acceso al bosque. Pero él seguía intentándolo, forzando la entrada, más que caminar empujaba el bosque, tratando de romper su voluntad, imponiendo la suya. Poco a poco, centímetro a centímetro fue ganando la primera batalla. Pero toda batalla tiene un precio. Primero lo pagaron sus ropas, poco a poco se fueron rasgando y quedando en el camino, un trozo de chaqueta aquí, un poco del pantalón allá. A medida que avanzaba iba perdiendo la escasa protección de su ropa y empezaba a pagar el precio del peaje con su sangre. Unos cortes en la mejilla fueron los primeros. Después llego un corte profundo por encima de la rodilla, una rama astillada se clavó como un cuchillo, no hubiera sido muy problemático si se hubiera parado a apartarla, pero continuó avanzando tirando de la pierna y provocando una escabechina al salir de la herida. Su cuerpo fue llenándose de cortes más profundos, de agujeros sangrantes. El seguía centrado en avanzar, no miraba atrás, aunque la oscuridad era cada vez mayor y no hubiera sido capaz de distinguir nada, el bosque se cerraba a su paso.  Su cuerpo empezó a perder la verticalidad cuando el empuje de su pecho fue superior al de sus piernas. Fue perdiendo pie, sin punto de apoyo se encontró completamente horizontal, en paralelo al suelo a una altura de medio metro. Sin caer, sostenido por la propia maleza. Estiró sus brazos y comenzó a nadar entre las ramas, tirando de cualquier cosa que pudiera agarrar. Continuó avanzando así más lentamente. Continuo cortándose y desgarrándose, perdiendo trozos de su propia carne y  gran cantidad de sangre por sus múltiples cortes. Llegó un momento que su avance era tan lento que un observador hubiera dicho que estaba parado. Finalmente y tras un tiempo incalculable se detuvo. No había perdió el resuello, ni tan siquiera estaba cansado, pero su cuerpo estaba atravesado por ramas y espinas, hasta la última gota de su sangre había abandonado su cuerpo y sus músculos no recibían el preciado oxigeno necesario para funcionar. Ni tan siquiera podía cerrar sus ojos. Pero no importaba, tampoco podía ver nada. La oscuridad era total.

– Otro yonki que pasa a mejor vida- comento el policía.

– Mira que no aprenden- respondió su compañero contemplado el despojo de cuerpo humano que tenían a los pies, tirado en el callejón, con una jeringuilla aún clavada en su brazo y los ojos mirando al cielo, vacíos, sin vida.

 

Madrid, 18-Diciembre-2015

José Miguel Rodríguez

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