Justicia

Hoy fue un día complicado, estábamos a tope. Como siempre procure buscar mi esquina para estar apoyado y poder usar las dos manos para manejar mi libro. Había mucha gente nueva en el vagón. Me costó ir navegando entre ellos. Un codo aquí, una cadera allá, un movimiento lento pero fluido. Aprovechando el traqueteo del tren y el movimiento de la gente conseguí mi objetivo sin molestar a muchos viajeros. Una vez asentado abrí mi libro, busque mi posición de lectura y me prepare para zambullirme en la historia.

Me encontraba, como todas las mañanas de la semana, en el metro, centrado en el libro de turno, viviendo una experiencia distinta, otros problemas, otras soluciones. Situaciones y vidas completamente ajenas a mí que me hacían olvidar mis sin sabores diarios. Solamente levantaba la vista de mi novela muy de vez en cuando. Era un trayecto tan conocido y tan repetitivo que no necesitaba mirar las paradas, mi cuerpo sabia cuando tenía que bajar del metro y así podía estar a lo mío sin muchas distracciones. También es verdad que en muchas ocasiones la obra no merecía tanto la pena y me entretenía más observando a la gente que me acompañaba en el vagón.

Había varios tipos de personas. Estaban los fijos. Gente con la que coincidía prácticamente todos los días, gente que tenía los mismos horarios y a la que sin querer casi echaba de menos cuando por casualidad había un día que no aparecían. También estaban los turistas, con sus mapas y sus maletones que no hacían más que mirarlo todo y quedarse siempre en el medio, sin saber encontrar su lugar en el vagón. Luego estaba la gente de paso, se les notaba que no eran asiduos de esa línea pero controlaban la forma de moverse en el metro, no estaban seguros de donde colocarse para no perderse su parada pero estaban más sueltos que los turistas. Con tantos años y cientos de viajes en la espalda ya colocaba a la gente en un grupo u otro nada más verlos. Pocas veces fallaba.

Hoy era uno de esos días que no conseguía enganchar con mi libro, no sé si era por falta de atención por mi parte o por falta de habilidad de la cronista. Más bien todo apuntaba a lo primero, quizás por una mala noche de sueño, una ducha que no había terminado de despertarme del todo, no lo sé. El caso es que estaba repasando la gente del vagón, casi sin darme cuenta y sin prestar mucha atención a lo que hacía. Primero la gente que estaba más cerca, en pie. Reconocí algunos rostros, menos que  otros días, para los cuales ya había creado sus propias vidas y milagros en mi cabeza. Luego los que estaban sentados, dormitando o leyendo también. Es curioso cómo la gente viaja en el metro, en silencio, a sus cosas, con un libro, reflexionando  o jugando con el móvil. El caso es que todos muy calladitos, casi como en un templo. Incluso la mayoría de los niños se ven impresionados por este ambiente y se quedan quietos y tranquilos durante el trayecto. La poca gente que va junta y está conversando lo hace en voz baja, casi en susurros.

Me llamó la atención y también me disgusto, comprobar que había dos asientos ocupados por dos jóvenes, parecían del este, de constitución fuerte y algo mal encarados para mi gusto. Me gusta que se respeten las normas y ellos iban sentados en los asientos de preferencia para ancianos, mujeres embarazadas o discapacitado. Paseé la vista por el vagón de nuevo intentando encontrar a alguien que cumpliera con esas características pero no lo encontré, así que deje pasar mi protesta y todo se quedó en un fruncimiento de ceño por mi parte.  Intenté volver a mi libro justo cuando llegábamos a la siguiente parada. Se bajó, como siempre, el contable, siempre con traje y su maletín a cuestas. Siempre con su periódico rosa debajo del brazo, nunca lo leía en el metro, solo lo llevaba bajo el brazo, para leerlo después, en su aburrido trabajo. Se bajó también una señora y un par de la gente de paso. No entró más que una viejecita. Por un momento pensé con horror que le iba a pillar la puerta automática al cerrarse pues sonó el pitido de aviso del cierre y la señora solamente tenía un pie dentro del vagón. Moviéndose a cámara lenta y buscando asirse a la barra junto al lateral de la puerta casi no consigue meter el resto de su cuerpo a tiempo. Nadie se dio cuenta de la maniobra pero yo respire aliviado al verla indemne dentro cuando finalmente las puertas se cerraron.

La abuela se quedó junto a la puerta, sonriendo, sin percatarse de lo cerca que había estado de sufrir un terrible accidente. Firmemente agarrada a la barandilla y mirándonos a todos sin perder la sonrisa. Observe el vagón y comprobé una vez más que nadie estaba prestando atención y nadie iba a hacer nada. No pude resistir más y cerrando el libro me aleje de mi rincón y me acerque a los ucranianos, ya los había bautizado como Yury al de la camiseta azul y Vasyl al más joven de los dos.

Me coloque delante de ellos y mirándoles con una ferocidad que si hubiera tenido un espejo me habría asustado hasta a mí, les increpé su actitud y su falta de consideración hacia las reglas y la pobre anciana que estaba junto a ellos, en pie, frágil y suplicando por un poco de atención. Ellos me miraron con una mezcla de sorpresa y confusión en el rostro, después miraron a la anciana, intercambiaron dos palabras en ucraniano o lo que sea que hablen allí y sin más dilación comenzaron a reírse. No sé si era de mí, de la abuela, de nuestra cultura, de nuestro país o de la madre que me pario. Pero  yo estallé. Les grité que se levantaran inmediatamente. No me hicieron caso y continuaron con sus carcajadas, si acaso con más intensidad. Debí de ponerme rojo como un tomate. Por el rabillo del ojo vi cómo la gente que estaba más cerca de mí se apartaba un poco, dejando espacio e intentando no verse involucrado en la discusión. El caso es que no soy una persona violenta pero la situación sobrepaso mi autocontrol y con un rápido gesto de la mano derecha le cruce la cara a Yury con un sonoro bofetón. La reacción fue instantánea. La risas cesaron inmediatamente. Yury se puso en pie como un resorte y echando el brazo derecho hacia atrás se preparó para lanzarme un puñetazo. Yo, que no estoy muy ducho en peleas, intenté protegerme subiendo las dos manos hacia mi cara, sin tiempo para recordar que aún estaba en mi mano izquierda un grueso libro, lo cual por otra parte fue toda una suerte. El impacto del Ultimo Caton, edición tapa dura, con la mandíbula de Yury sonó como el chasquido de una gruesa rama de árbol seca al partirse. A mí me temblaba todo el brazo izquierdo por la vibración del golpe así que no quiero ni imaginarme como se sentiría él. Se desplomó con todo su cuerpo de culturista sobre el sorprendido Vasyl que todavía no había comenzado a moverse superado por los acontecimientos. Aproveche la sorpresa de los dos para ladrarle unas cuantas frases con instrucciones sencillas. Levantate, coje a Yury  y salir los dos de aquí inmediatamente. La adrenalina corriendo por mis venas, todo mi cuerpo temblando y el dolor del brazo hicieron que mi mirada fuera lo suficientemente convincente para que Vasyl no protestase y agarrase por debajo del brazo al noqueado Yury y le ayudara a retirarse del asiento, camino de la puerta justo cuando llegábamos a la siguiente estación. Las puertas se abrieron y yo seguí con la mirada a los ucranianos que abandonaron el vagón con algún traspiés que otro de por medio. Con un gesto de mi mano le indique a la señora que podía sentarse, ella me lo agradeció con un asentimiento de cabeza.

Y el silencio del vagón se rompió justo cuando las puertas se volvían a cerrar. Primero fueron un par de tipos del otro lado, comenzaron a aplaudir mientras decían sí señor, así se hace, por una vez alguien imparte justica en esta vida. Poco a poco más personas del vagón se fueron sumando al aplauso y no paso mucho tiempo antes de tener a todo el mundo aplaudiendo y silbando.  Algún que otro bravo surco el aire también. Yo me puse más rojo si cabe. Agache la cabeza y cruce la mirada con la anciana que seguía sonriendo y que me guiño un ojo. No pude evitar sonreírle también. En ese momento incluso alguien se atrevió a darme unas palmaditas en la espalda, agradeciéndome el acto.

– Señor, ¿se va a bajar usted en la próxima?

No entendiendo muy bien a que venía ese comentario, saliendo de mi ensoñación me giré y vi a una chica que me repitió la pregunta ante mi cara de sorpresa.

– ¿Se va a bajar usted en la próxima?

– No, no, perdone- . Le conteste haciéndome hacia un lado y volviendo a la realidad del silencioso vagón de metro.

Estaba justo en medio de la puerta, con mi libro en la mano, a mitad de camino hacia los asientos de los ucranianos, donde Vasyl estaba riendo ante un comentario de la abuela que estaba sentada junto a él, la anciana hablaba sin parar y mantenía su sonrisa siempre presente en la boca. Yury, de pie, inclinado sobre la pareja, parecía no querer perderse nada de lo que decía la señora, completamente subyugado por su monologo.

 

Madrid, 21 de Enero de 2016

José Miguel Rodríguez

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