La Evolución

Todo el trabajo y el duro entrenamiento de toda una vida estaban a punto de ponerse a prueba, este era el momento crucial, el punto de no retorno. Aquí y ahora se podría saber si habría más futuro para la evolución de su ADN.

Como cuando su abuelo, Antonio, había sobrevivido milagrosamente a la batalla del Ebro en la guerra civil, corriendo durante más de 6 horas seguidas, sorteando todos los obstáculos, tanto físicos como sicológicos. Corriendo en dirección paralela al rio, remontándolo, sin dejar de resoplar ni avanzar, con un objetivo claro y sin nada más en la cabeza. La resistencia y tenacidad del abuelo eran bien conocidas. Cuando al cabo de tres días de dejar el frente llego al pueblo y se abrazó a Juana con todas las fuerzas que le quedaban, esta tuvo que sujetarlo después de la sorpresa inicial, para evitar que se desplomara. Aun así guardo las fuerzas suficientes para susurrar una palabra al oído de su amor, “casémonos” antes de caer inconsciente en sus brazos. No pudo explicar la tremenda sensación de impotencia que sintió cuando un obús destrozo su posición defensiva y mando trozos de sus compañeros por los aires, salpicándole de barro y sangre por igual. No pudo explicar cómo el teniente ordeno cargar sobre las líneas enemigas que no dejaban de vomitar fuego de fusilería sobre su posición. Como toda la sección menos Arturito obedeció sin pensarlo y comenzaron a correr hacia el rio, unos tropezando y otros cayendo para no levantarse más.  No pudo explicar cómo al llegar al rio solo quedaban dos compañeros en pie y al mirarse se sonrieron, convencidos de que no iban a llegar a este punto su sorpresa era mayúscula y la sensación de euforia indescriptible. Como justo en ese momento la cabeza de su compañero explotó como un melón maduro, se mantuvo en pie unos segundos, expulsando sangre y trozos de cerebro, y se desplomo sobre el rio tiñendo la corriente de rojo poco a poco. Siendo Antonio consciente de todo lo que le rodeaba como si alguien hubiera congelado el tiempo o al menos ralentizado su discurrir. Los disparos, el chapoteo del cuerpo al caer al agua, le jadeo de su respiración, el sudor en las manos que aguantaban el fusil. No pudo explicar cómo tras ver morir a todos sus compañeros y toda la gente que le rodeaba le invadió una poderosa necesidad de sobrevivir, de salir de ese rio con vida, de encontrar a su amada y de crear una familia y ver crecer a sus hijos y nietos. Como en su día hizo su abuelo en Cuba.

El abuelo de Antonio, Toñin, había luchado en la guerra de cuba. El barco en el que viajaba, el Infanta Maria Teresa, tras ser cañoneado por toda la flota enemiga y sufrir múltiples impactos y explosiones encallo en la costa cercana a la salida de la bahía. Toñin, junto con un grupo de marineros, saltó del barco al agua al recibir la orden de abandonar el barco. Un compañero le ayudo a salir del agua cuando llegó a la costa y juntos a su vez ayudaron a unos pocos marineros más. La mayoría se sentaron en el suelo a esperar pero Toñin no podía permanecer quieto. Los barcos americanos estaban muy cerca pero la isla todavía era territorio español. No hizo falta hablarlo mucho, seis tripulantes se juntaron con Toñin y se internaron en la jungla, alejándose de la costa y los enemigos. Sin víveres ni armas, con las ropas mojadas y el miedo en el cuerpo, los siete se dirigieron hacia el interior. La lucha que siguió aquella huida dejo con vida, si se puede decir así, solo a Toñin. Hambre, frio, dolor y finalmente el ataque de unos nativos, pusieron fin a las peripecias del grupo. Toñin se hizo pasar por muerto, aguanto el dolor y la humillación de los compañeros ya caídos, sufrió la soledad, se perdió por los bosques y pantanales pero nunca dudo que volvería a ver a los suyos. Tras más de un año de sufrimiento y pelea,  llego a su casa, abrazo a su madre y lloró. Lloró por todo lo perdido, por sus compañeros caídos en el camino, por la futilidad de las luchas, por las ilusiones truncadas, por los futuros rotos. Lloró por sí mismo también, por estar vivo, por haber sido el único en conseguirlo, por si tener un futuro por delante. Como su antepasado Antón.

Antón había luchado bien, para ser un campesino. La campaña había concluido, el señor feudal estaba contento y regresaban a casa, para poder trabajar la tierra y sacar adelante la cosecha. Antón estaba deseando ver a su mujer, pero sobre todo deseaba ver a su hijo, recién nacido cuando fue convocado por el señor para la batalla. Lo imaginaba sano y fuerte, llorando con brío y tratando de agarrar todo lo que se acercaba a su radio de acción. Una sonrisa llenaba su cara con esos pensamientos. Hasta que levanto la vista del camino y vio el humo tras la colina. Un humo negro y espeso que no presagiaba nada bueno. Corrió el resto del camino hasta la cumbre de la colina. Al llegar a la cumbre, el señor feudal estaba a su lado, montado a caballo y mirando con el ceño fruncido desde la altura de su montura. Sin percatarse de la presencia del otro y su mutua compañía. Antón se llevó la mano derecha a la cara, haciendo visera e intentando comprender lo que ocurría en su valle. Su señor lo descubrió primero y azuzo a la montura para bajar la pendiente al trote. Antón le siguió corriendo con todas sus fuerzas. A mitad de cuesta fue adelantado por la guardia de soldados profesionales del señor que iban al galope tras su amo y que casi lo atropellan. El valle hervía de moriscos, por lo menos dos docenas de jinetes se divertían prendiendo fuego a las chozas y acosando a las figuras que corrían entre ellas. Desde esa distancia Antón no lo distinguía, pero sabía que solo eran mujeres, niños  y ancianos. Corrió tras la caballería, tragando el polvo del camino y tosiendo pero sin aminorar la velocidad. En algún momento los moriscos se dieron cuenta que ya no estaban en una posición tan privilegiada y debieron de iniciar la retirada perseguidos por la tropa encabezada por el señor feudal. Cuando Antón llegó casi sin resuello a la aldea la batalla ya estaba decidida, la mayoría de los moriscos habían vuelto grupas y huido, con menos peso que soportar que los caballeros cristianos los caballos moros tenían todas las de ganar en una persecución. Todo el mundo lo sabía, pero el señor feudal no quería sorpresas y mando a sus hombres tras la razzia para evitar sorpresas.  El señor feudal, solo en medio de la plaza y con el gesto adusto, se percató de que alguien salía de una de las chozas, la casa de Antón, con una espada ensangrentada y una media sonrisa en la cara. Inmediatamente cargo sobre él y antes de que tuviera tiempo de darse cuenta de lo que se le venía encima murió por un contundente tajo del señor. Lo que no llego a descubrir fue el compañero morisco que salió de detrás  de la casa y con un golpe certero derribó de su montura al cristiano. La caída nubló la vista del señor feudal y lo impidió defenderse del segundo golpe que se le avecinaba y seria definitivo. Antón sí que vio toda la escena y sacando fuerzas de donde no las tenía, cargo sobre el segundo morisco al tiempo que se sacaba el cuchillo de caza del cinturón. Inclinándose en la carrera impactó con su hombro sobre la cintura del morisco, levantándole del suelo y lanzándole por encima del señor feudal. Antón finalmente aterrizo sobre su oponente y le clavó su cuchillo en la base de la mandíbula, justo por encima de la nuez, acabando en breves segundos con su vida. Antón se incorporó, aun bufando y resoplando por el esfuerzo, miro a su señor, y asintió. Sin pausa entro en la choza, temiendo encontrar dentro una pesadilla. Su mujer yacía en un charco de sangre, en una postura fetal. Levantó la cabeza al oírlo entrar, le sonrió al reconocerlo y le dijo:

– Mira, tu hijo te estaba esperando.

Girándose sobre su espalda le mostro lo que protegía en su regazo, el joven retoño, mojado en la sangre de su madre, estaba despierto y con los ojos bien abiertos fijos en su padre. Antón se agacho y recogió a su hijo de los brazos de su moribunda esposa, con lágrimas en los ojos y pesar en su corazón se sintió feliz por tener a su hijo en brazos. Igual que su antepasado Ton

Ton estaba feliz, corría con la lanza en ristre y su hijo junto a él, corrían tras la presa que  habían herido y no podría resistir mucho tiempo más esa carrera. Hoy iban a comer carne y su tribu estaría en deuda con ellos. Su hijo sería reconocido como cazador y proveedor y podría escoger la mujer con la que unirse y procrear. Hoy sería al final un gran día. Ton observó a su hijo por el rabillo del ojo, corriendo a su lado, sin perder el paso, sin ceder distancia y una vez más se sintió orgulloso de su estirpe. Orgulloso de transmitir a su hijo todo lo que sabía sobre la caza y la supervivencia, orgulloso de saber que cuando Ton abandonara este mundo algo de él quedaría aquí. Cuando se había unido a este grupo hacía ya unos  dieciséis años, no se había planteado para nada este futuro, este día tan memorable. Solo se había planteado seguir vivo un poco más, unos días, unas semanas, el siguiente invierno. Pero tras un año con sus nuevos compañeros había encajado a la perfección, era uno de los hombres más fuertes del grupo y todas las hembras jóvenes querían estar con él.  Al final había escogido bien. Había criado a un hijo, fuerte y astuto y ahora cazaba junto a él. Por eso no le importó nada morir aquel día. No le importó ser sorprendidos por la bestia herida, que se revolvió acorralada atacándoles, no le importo hacer un último esfuerzo en su carrera e interceptar a su presa cuando se convirtió en cazador y arremetió contra su hijo. Murió desviando su ataque, feliz por ver la última reacción de su hijo alanceando a la bestia.

Su ADN, sin el saberlo, había ido sorteando todos los caminos muertos para llegar hasta él. Había completado una historia de gran antigüedad, sin una palabra en los libros de historia, sin un reconocimiento público. Sin renombre. Solo había llegado al hoy, cumpliendo su parte. Ahora le tocaba a él. Todos los músculos del cuerpo estaban a su servicio, en la máxima expresión de su desarrollo y preparación. Era el momento.  La maratón estaba a punto de dar comienzo.

 

En Madrid a 11 de Julio 2017

Jose Miguel Rodríguez

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