Novela

Rema

No sabía cómo había llegado hasta allí. No físicamente, eso estaba claro. Lo que no entendía era como una serie de decisiones equivocadas podían terminar con un error tan grande, con una situación tan enrevesada y casi con toda seguridad, con su vida. No era un hombre que dedicase mucho tiempo a pensar, era más bien un hombre de acción y eso había sido así desde el principio. Desde que tenía consciencia, desde sus primeros recuerdos de la más tierna infancia, siempre había sido una persona inquieta, difícil de cuidar. Recordaba con alegría sus primeras carreras por el poblado, con sus compañeros de andanzas, o más bien sus seguidores, pues él corría siempre el primero, sin importarle si iban a bañarse al rio o si iban a perseguir a los animales domésticos. No era por un afán de ser el líder del grupo, era más bien una fuerza interior que no podía controlar o que nunca había querido controlar. Esa fuerza interior le había llevado a realizar un motón de proezas de todo tipo, proezas que no habían podido emular sus compañeros, más tímidos, o en muchos casos más sensatos.

– ¡Muévete cabrón, nos estas retrasando!- el grito de su compañero de banco le sacó de sus recuerdos, devolviéndole a la cruda realidad, a su problema actual y a esta situación en la que no veía una salida fácil.

El jefe de los remeros seguía marcando el ritmo que se clavaba en su cerebro como unas agujas puntiagudas, monótono, repetitivo,  machaconamente, sin respiro, sin posibilidad de defensa. Esperabas el siguiente golpe de tambor y movías los brazos. Otro golpe. Otro empujón al remo. Otro golpe. Y otro. Y otro. Pasados los primeros minutos del tormento pensó que podría llegar a acostumbrarse a ello, pero no fue así. Lo peor no era el esfuerzo físico, al cual estaba más que habituado. Lo peor era el estar encerrado, encadenado al banco de remos y teniendo que hacer un trabajo monótono, continuo, sin ningún tipo de alteración o cambio. Y el sonido del tambor. La anticipación del siguiente golpe sonaba en su cabeza tan fuerte como el golpe en sí. Solo rema, no pienses, rema. No creía que fuese capaz de aguantar mucho tiempo en esta situación.  Pero, ¿Cómo salir de ella? Sabía que habían abandonado el puerto a fuerza de remos y creía que en breve desplegarían las velas y podría descansar. Lo que desconocía, pues era su primer viaje en estas circunstancias, es que casi todos los remeros eran nuevos, y el capitán quería probar varias cosas en esas primeras horas de viaje, quería saber hasta dónde podía presionarles y que rendimiento podrían darle. Quería saber si todos eran tan fuertes como parecían en el mercado y como pregonaba el tratante. Quería descartar a los que no sirvieran o se derrumbar fácilmente. Este tipo de trabajo no era adecuado para todo el mundo. Había visto gigantes forzudos que podrían  cargar grandes sacos de trigo incapaces de seguir el ritmo de sus compañeros de banco. Y había visto pequeños y nervudos muchachos capaces de mantener un buen ritmo durante el tiempo requerido. Ahora vería que clase de remeros tenía esta vez.

–          Que aumenten el ritmo, boga de combate.- Pidió el capitán.

 Capítulo I

Corría todo lo rápido que le permitían sus cortas piernas, sintiendo el viento en su cara, despeinando sus largos cabellos rubios, con una sonrisa perenne en su rostro ovalado. La sonrisa que por momentos se transformaba en carcajada para dejar salir parte de la felicidad que le inundaba, para evitar tener que explotar de alegría, pues no podía contener tanta en su pequeño cuerpo. Jano intentaba dejar atrás a sus perseguidores, Rusillo, Virono y como no Sira; corriendo cuesta abajo por la ladera de la montaña, alejándose del poblado en dirección al rio. Seguro que ellos no iban a cruzar tan rápido como él. Aún así, primero había que llegar al rio. Solo mantenía su ventaja debido a la temeridad con la que corría, pues sus piernas eran más cortas que las de sus perseguidores, quizás con excepción de las de Sira. Sira corría por ver que iba a ocurrir con el pequeño mocoso y casi seguro que no participaría en la reprimenda, aunque seguro que se reiría con los golpes.

–          Estate quieto Janin-, resolló Rusillo.

Jano continuó su caída-descenso en tromba ensanchando aún más su sonrisa pues la pequeña treta de Rusillo no iba a funcionar con él. De hecho todo había comenzado por la manía que tenía Rusillo de llamarle por su diminutivo, sabiendo perfectamente que solo lo usaba su padre y en muy contadas ocasiones. Era su vínculo especial con el gran guerrero. No quería, ni iba a dejar que nadie más usara aquel nombre. Y Rusillo lo había intentado. Pero le había salido caro, ya lo creo. Ahora había que evitar por todos los medios que le dieran alcance y esconderse de Rusillo por un par de días. Pero primero había que llegar al rio.

Rusillo era un chico fuerte, algunos podrían pensar que pasado de peso, pero es que su constitución física superaba a todos los muchachos de su edad del poblado. Rusillo creía que era un niño pacífico, que solo intimidaba al resto por su porte, pero nunca había tenido que recurrir a la violencia para conseguir que las cosas se hicieran como él quería. Siempre era el jefe en los juegos, el protagonista que acaparaba todos los lugares de honor, a él no se le disputaba su sitio preferente. Y esto había sido así siempre. Hasta el comienzo del último verano. Hasta el  momento en que apareció en escena Jano. No es que se hubiera materializado en el medio del pueblo como si nada, no, ni mucho menos. Era simplemente que había empezado a meterse en los asuntos de los mayores. En sus juegos y travesuras. Y había empezado a robarle protagonismo a Rusillo. Y eso no estaba bien, nada bien. Rusillo había estado pensando en darle una lección, pero algo físico hubiera sido desproporcionado. Aquel renacuajo no podía competir con sus músculos y los demás no lo verían bien. Así que había planeado humillarlo todas las veces que fueran posibles y delante del mayor número de personas. Cuanto más mejor. Lo que no había planeado era la reacción de Jano a todas luces desmesurada. Y por eso ahora sí que iba a darle una paliza. Pero primero había que pillarlo antes de que llegara al rio.

Virono no hacía nada sin que se lo mandase Rusillo, era su sombra, lo seguía a todas partes como un perrito fiel. No era el niño más inteligente del poblado ni destacaba en ninguna habilidad especial, pero no decía nunca que no a una propuesta de Rusillo, no por temor a ser menospreciado, si no porque si lo decía Rusillo seguro que se podía hacer, seguro que era divertido, seguro que era interesante. Además a Virono nunca se le habría ocurrido hacer algo semejante. No tenía tanta imaginación. Ahora se trataba de perseguir y aleccionar a Jano. Bien, pues iban a hacerlo. Antes de que llegase al rio.

Sira no solía participar en las correrías de Rusillo y Virono, era un poco más pequeña que ellos, dos veranos más joven, de una edad similar a la de Jano más bien. Solamente en los últimos meses se había interesado un poco por sus juegos y no había sido rechazada. La verdad es que las pocas niñas del poblado de su edad no eran tan interesantes como los chicos y ya se aburría un montón con ellas, así que decidió ir acercándose a los chicos poco a poco. No era la única niña del grupo pero si la más pequeña aunque eso sí, era más alta que Jano. Y no se cansaba de recordárselo en cualquier momento. La verdad es que Jano era muy divertido y sacaba de sus casillas a Rusillo. Quería ver cómo iba a salir de esta, porque si de algo estaba segura es que Jano no se iba a dejar atrapar por Rusillo. No después de lo que le había hecho. Había que ver quien llegaba primero al rio.

El resto de la pandilla se había quedado más rezagado en el poblado. Pillados por sorpresa por la acción de Jano y la reacción de Rusillo, no habían tenido tiempo de asimilar todos los acontecimientos cuando la comenzó la persecución, la mitad aún seguían con la boca abierta y la otra mitad no paraba de reír. Observaron la carrera de Jano desde la distancia con división de opiniones, algunos con ganas de que escapara y otros con ganas de verle caer en las manos de Rusillo.

Jano no podía permitirse el lujo de echar un vistazo por encima del hombro. No estando tan cerca del rio. Con su objetivo en mente y aprovechando la inercia de la bajada se impulsó hacía delante con todas sus fuerzas. Rusillo estaba ya muy cerca, casi encima suyo, lo notaba, pero no podía confirmarlo con un vistazo. Solo faltaban los últimos metros para la victoria. Con un poderoso salto de sus cortas piernas se abalanzó sobre la primera piedra del paso sobre el rio, perdiendo un poco de velocidad por ganar en equilibrio. Rusillo no fue tan previsor, cegado por la proximidad de su presa y el fin de la cacería no llego a corregir su velocidad para acometer el paso sobre las piedras del rio y se trastabillo en la primera. Mientras Jano abandonaba esa piedra por la siguiente, Rusillo se precipitaba sobre él con toda la fuerza de su cuerpo en carrera, el golpe del brazo de Rusillo en el hombro de Jano lo desequilibró peligrosamente, haciéndole saltar hacia el rio para no terminar estampándose en las piedras del paso. Rusillo no corrió la misma suerte, casi de milagro consiguió apoyar su pie derecho sobre la siguiente piedra, pareciendo que aún podría lograrlo, pero el precario equilibrio conseguido no fue suficiente para mantenerlo en pie. El  toque en el hombro de Jano le había producido un giro fatal en su cuerpo y el pie izquierdo no encontró apoyo, solo el espacio vacío entre dos de las rocas. Al caer, girando, se golpeó el brazo izquierdo y la cabeza con la siguiente piedra del paso oyéndose un fuerte chasquido y cayendo al agua inconsciente, como un fardo, todo en una decima de segundo. Sira lanzo un grito frenándose en la llegada al rio, mientras que Virono se paraba con la boca y los ojos abiertos desmesuramente.

Capítulo II

Tumbado sobre su jergón, junto al resto de los remeros, intentaba descansar sin éxito. Todavía no se había acostumbrado a la rutina de abordo. No ya por la incomodidad de estar todo el día sentado, encadenado a un banco y con un remo en la mano. No. El problema era la falta de libertad. La falta de poder cabalgar libremente, con el horizonte como única meta. La falta de poder comer cuando tenía hambre y poder descansar cuando estaba cansado. La falta de poder detenerse junto a un arrollo y saciar su sed a voluntad y refrescarse en sus cristalinas aguas. La falta de poder decidir cuándo sufrir por el esfuerzo y cuándo disfrutar del placer. Ahora todo estaba regido por otras personas. Debía remar al ritmo del tambor. Parar cuando se lo ordenasen. Dormir cuando tocase. Beber cuando se lo ofreciesen. Incluso aliviarse cuando así fuese indicado. Aquella vida no era para él. Y solo había estado en esta situación dos días con sus noches. Y no veía una salida fácil. Por la noche se acercaban a la costa para refugiarse, pero seguían encadenados a su banco, con muy poco margen de maniobra. No, no iba a resistir mucho en esta nueva aventura. ¿Sería la última?

 

El agua estaba muy fría, pero después de la carrera desesperada el chapuzón era refrescante. Jano sacó la cabeza del agua para observar a sus perseguidores durante un segundo antes de continuar su huida a nado. Le sorprendió lo que vio. O más bien lo que no vio. Faltaba Rusillo. Por un momento temió que estuviera en el agua, bajo él, apunto te agarrar sus piernas y tirar hacia el fondo del rio. Pero la duda solo duró un segundo, el cuerpo de Rusillo flotaba boca abajo, fofo, desplazándose con la corriente del rio y dejando un pequeño rastro rojo tras de él, a un par de metros de distancia. No hubo dudas en su acción. Jano se precipito sobre el cuerpo de Rusillo en un par de brazadas y trató de agarrarlo, fallando en ese primer intento porque  empezaba  a hundirse el cuerpo, de hasta hace unos breves instantes, su perseguidor. Manoteo en el agua intentando asir alguna parte del cuerpo de Rusillo sin éxito. El peso del cuerpo y la corriente hundieron a Rosillo. Jano tomó una bocanada de aire y se sumergió. El rio no era muy profundo, la corriente tampoco era muy fuerte, así que no le fue difícil llegar hasta Rusillo. El problema apareció en el momento de asir su cuerpo. Le agarro por el brazo derecho y tiró del hacia la superficie. Llego a sacar la cabeza del agua pero noto que el peso muerto del cuerpo de Rusillo no quería salir del agua, más bien todo lo contrario, tiraba de él hacia el fondo y corriente abajo. Otra rápida bocanada y otra vez debajo del agua. Siguiendo el brazo de Rusillo llego hasta su cuerpo, metió sus dos brazos por debajo de las axilas de su compañero y se agarró su muñeca izquierda con la mano derecha sobre el pecho de Rusillo. Tiró hacia arriba y consiguió moverse tan solo unos centímetros. Aquella operación de rescate se estaba complicando. Jano buscó un punto de apoyo en las rocas del fondo, flexionando sus rodillas se pego al cuerpo de Rusillo, pecho contra espalda. Estiró las piernas al tiempo que intentaba que sus cuerpos no se despegaran. Consiguió mover a Rusillo, pero alzando la cabeza hacia la superficie Jano se dio cuenta que no lo iba a conseguir, una vez perdido el apoyo de sus piernas sobre las rocas del fondo dejaron de ascender y volvieron a caer lentamente. Jano no se dio por vencido, no era de las personas que abandonan un reto cuando se complica. Solamente había que buscar otra solución. Las piedras eran el camino. Una vez llegado al fondo volvió a flexionar las piernas, sin soltarse de su abrazo y esta vez no intentó salir a la superficie. Esta vez comenzó a caminar por el fondo del rio, en perpendicular a la corriente, dirigiéndose a la orilla. Inclinado sobre el fondo, casi tumbado, con Rusillo encima de él, los pulmones a punto de estallar y caminando hacia atrás. Paso a paso, lentamente pero sin pausa. Soltando el poco aire que le quedaba en los pulmones hizo un último esfuerzo por alcanzar la orilla. Casi al límite de sus fuerzas su cabeza chocó con una piedra, con un acto reflejo se echo hacia delante, incorporándose ligeramente y consiguiendo sacar la frente fuera del agua. Ya casi estaba, pero no tenía fuerzas suficientes, no podía seguir aguantando el peso y la respiración, y caminar hacia la orilla. Pero no iba a soltar a su presa. Con un último esfuerzo, tiró de Rusillo mientras intentaba elevarse fuera del agua. Sus pulmones no aguantaban más y tuvo que abrir la boca, desgraciadamente antes de sacar la cabeza fuera del agua. Supo que se iba a ahogar. Pero no soltó a su presa.

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