El Unicornio

—¡Ya me tenéis hasta los cojones!

Por encima de los aullidos  de protesta que llenaron la sala del tribunal casi no se distinguían los gritos del juez.

—¡¡Orden!! ¡¡Orden en la sala!!¡¡Orden o despejo la sala!!

El acusados seguía negando con la cabeza mientras unos sonoros martillazos iban acallando las últimas protestas.

—¡No pienso admitir más desacatos a este tribunal, ni de palabra ni de obra!

—¿Y qué va a hacer?  ¿Condenarme?  ¡Ja! ¡Como si me importara una mierda!

Y la tormenta volvió a estallar, todo el mundo quería imponer a gritos su opinión y esto provocaba una cacofonía formidable. Durante unos segundos el juez se planteó la opción de irse a su casa, dejar a toda aquella pandilla chillando y gesticulando y que resolvieran en asunto a la vieja usanza, sin intervención de la ley. Ósea, linchando al acusado hasta su muerte. Aunque la idea parecía extremadamente atractiva al final se impuso la razón y volvió a utilizar su mazo y su potente voz para acallar la sala. Se dijo que era la última vez. Si había otro alboroto terminarían el juicio a puerta cerrada.

Una vez conseguido un silencio aceptable el juez volvió a dar la palabra al fiscal para que continuara con su exposición final frente al jurado.

—Señoras y Señores del jurado, no me queda más remedio que volver a comenzar con mi alegato final,  con todas estas interrupciones no quiero que se pierda de vista cual es objetivo de mi alegato, el señor Unicornio es culpable de veintisiete asesinados despiadados, no ha mostrado el menor síntoma de arrepentimiento y es más, hasta presume de los hechos. Todos ustedes han visto las pruebas, han oído a los testigos, incluso han escuchado al acusado. Nunca un jurado ha tenido un veredicto más claro que el que ustedes tienen que emitir en esta sala. Lo más complicado no es decidir si es culpable, que lo es, sino conseguir encontrar la pena adecuada para tamaña osadía y que nunca más en esta ciudad puedan acontecer actos de barbarie similares a los perpetrados por este ser maligno. Señoras y Señores del jurado, les pido por favor que recapaciten y piensen en esas víctimas, en sus familias y amigos que están esperando que ustedes apliquen la justicia que pueda dejarles dormir por las noches y saber que este engendro no volverá a cometer semejantes actos. Señoras y Señores, les pido la pena de muerte para el genocida.

Esta vez la sala se quedó en silencio, el alegato del letrado era simple pero directo, nada engolado, muy claro. Algunos de los miembros del jurado incluso estaban asintiendo con sus cabezas, casi sin darse cuenta. Nada de todo eso parecía preocupar al Unicornio. No es que estuviera sonriendo pero casi se adivinaba ese rictus en su boca caballuna. Tras un minuto de pausa el Juez se dirigió al acusado, la sala entera guardaba un respetuoso silencio, como si se hubiese coordinado para rezar todos la misma oración.

—Señor acusado, usted ha negado su derecho a un abogado de oficio, ha recusado llamar a ningún testigo ni hacer ninguna pregunta a los testigos de la acusación, ahora es el momento de alegato final. Supongo que tampoco tiene intención de hacerlo, ¿no?

—Se equivoca una vez más señoría, quiero hablar.

—Adelante —dijo el Juez sin hacer caso de la puya del acusado, deseando acabar ya con todo.

—No quiero justificarme ante ustedes, ni quiero que cambien de opinión. No quiero su comprensión ni su pena, no quiero nada de eso. Quiero contar mi historia, aquí y ahora, para que conste y todo el mundo fuera de estas paredes sepa de verdad que es lo que está pasando y porque —dijo el Unicornio casi sin respirar, todo de un tirón, sin pausas, como queriendo retener en silencio al resto de la sala y captar toda su atención, como si parando les diera una oportunidad para intervenir—. Quiero empezar desde el principio para que no quede ninguna duda ni pregunta sin responder.

Tras una breve pausa el Unicornio comenzó a relatar su historia, sus orígenes, como fue su infancia, como le enseñaron sus padres a seguir el modelo tradicional y establecido de comportamiento, como tenía que hacer su magia y seguir los pasos de sus ancestros. Le explicaron su árbol genealógico, de donde venía en realidad, dejando de lado todas las historias fantásticas y poniendo en sus manos un conocimiento que había pasado de generación en generación, solo al alcance de los de su especie, sin filtraciones y sin alteraciones. La realidad pura y dura. Para él fue natural todo lo que ocurrió. La responsabilidad, el miedo al fracaso, el saberse un elegido, el saber de la gran misión de su raza. Lo uno llevo a lo otro y al final los acontecimientos se sucedieron casi sin más remedio. Tenían que ser así. La fatalidad estaba escrita con letras mayúsculas en su destino. Y un día, casi como por accidente, la premonición se cumplió, apareció justo frente a él. Y no la pudo esquivar.

—Aquel día recuerdo que hacía mucho más frio de lo normal, con cada respiración una nube de vaho se perfilaba desde mi hocico —Con la mirada desenfocada el Unicornio relataba este pasaje más para sí mismo que para su audiencia. Estaba reviviendo su historia. Y en su voz no había nostalgia, solo un profundo pesar.

“ Aquel día estaba vagando por el bosque cercano al norte de la ciudad, allí donde el folclore popular situaba la mayor parte de los encuentros mágicos. Allí donde se supone que debería de hacer mis apariciones y cumplir con mi sino. había muy poca gente en el bosque, como casi siempre, no solo por el frío sino también por la pérdida de popularidad que con los años había sufrido la figura del Unicornio y sus poderes. Cada vez era menos la gente que respetaba la tradición. Unas pocas ancianas decían que habían visto alguna vez a alguno de los nuestros y le habían concedido un deseo. Yo nunca había participado en una de estas apariciones. Aún era virgen. Y no quería hablar con mis padres del asunto. Estaba retrasando el momento al máximo. Pero ya había llegando al fin de la pubertad y en cualquier momento podría pasar. En cualquier momento alguien podría verme y por lo tanto, si sabía algo de la naturaleza de los unicornios, pedirme un deseo. Y yo tendría que concedérselo. Hacer todo lo posible por que se cumpliera. No pensaba que ese día fuera a ocurrir, demasiado improbable. Poca gente en el bosque, día frío con poca visibilidad. En fin, todo estaba a mi favor. Aun así yo seguía estando muy nervioso. No es que me escondiera más de lo normal, pero  mi alteración hacía que fuera mucho más difícil localizarme. Y sin embargo  pasó. Casi al final de la tarde, cuando ya estaba empezando a pensar que mis nervios eran infundados, ella me vio. La sorpresa fue mutua, no sé quién se asustó más de los dos. No sé qué era lo que hacía en el bosque a esas horas de la tarde, casi de noche, pero me vio claramente y no pude esconderme. Al principio no intentó acercarse a mí, y yo permanecí quieto, intentando desaparecer de su vista. Pero una vez que había sido descubierto no tenía ninguna oportunidad. Nuestra naturaleza tomo el control. Por mucho que lo deseara no podía desaparecer. Finalmente ella dio unos tímidos pasos acercándose a mí. Con cautela, muy despacio, pero sin dejar de hacer contacto visual conmigo. En ningún momento apartó la mirada. Finalmente se paró a unos pocos pasos y levanto lentamente la mano hacia mi hocico pero se detuvo antes de tocarme.

—¿Eres real? ¿Eres tú? —preguntó con voz muy baja, susurrada.

Yo no pude contestar, solo fui capaz de hacer una pequeña inclinación de cabeza, un asentimiento mínimo. Fue suficiente para ella.

—¡Claro que eres tú!, ¡Qué tonta soy!  ¿Quién iba a ser sino? ¡Por fin te he encontrado!

Así que al final sí que me había estaba buscando alguien. Yo era la recompensa de su esfuerzo y una triste sonrisa se fue dibujando en su rostro. Pasó de un estado melancólico a una felicidad extrema. Su sonrisa llenó todo su rostro e ilumino sus tristes ojos. Por un momento pareció bella. Tenía un rostro normal, no destacaba nada de su físico y su estatura era media, no era gorda pero si rolliza y debía de rondar los veinte años. En un calle cualquiera de una ciudad cualquiera habría pasado completamente desapercibida, nadie se hubiera fijado en ella. Si por un casual se hubiera parado a preguntar por cualquier indicación a un transeúnte, este se habría olvidado de ella al poco tiempo y no sería capaz de describirla pasados unos minutos.

—Tengo un deseo que quiero que cumplas. Es lo que más quiero con toda mi alma. Es por lo que te he estado buscando todo este tiempo. Es vital. Necesito que me escuches. Es mi deseo. Mi deseo….. Mi deseo —finalizó casi en un susurro.

Tras una breve pausa soltó la bomba

—Estoy embarazada. Necesito que se haga justicia.

Sus palabras me confundieron, era proverbial el efecto de los Unicornios con la infertilidad, históricamente habíamos intervenido  en un montón de casos perdidos y habíamos conseguido que muchos matrimonios desesperados consiguieran descendencia, incluso en las familias reales. Esto había provocado muchas controversias e historias que se alejaban de la verdad y llevaron a que muchos de mis antepasados fueran cazados o atrapados con argucias para hacer algún tipo de poción con nuestros cuernos mágicos. Eso no tenía nada que ver con las soluciones a la esterilidad que conseguíamos para cumplir los deseos de nuestros peticionarios. Pero aun así nos masacraron sin cuartel. Esas cacerías  nos había llevado muy cerca de la extinción. Esta chica no quería eso, esto era otra cosa. Ella ya estaba en cinta. Como yo no decía nada y el silencio comenzaba a ser incomodo, decidió explicarse un poco más.

—He sido violada y vejada por un grupo de hombres, quiero que paguen por ello. Quiero que sufran al igual que yo he sufrido. Quiero que mueran de la forma más horrible posible. Quiero que…

Su voz se quebró, acabando con la frase. Sin saber muy bien si era porque se había quedado sin aire o sin palabras.

Casi sin querer empezó a balbucear su historia y pude enterarme del horror por el que había pasado estos últimos meses. Como había sido violada una y otra vez por un grupo de personas, que no siempre eran las mismas,  había algunos reincidentes y muchas caras nuevas cada vez. La impunidad de los actos de esos hombres me dejó sobrecogido, con una sensación de asco en la boca del estómago. Aún hoy en día y después de todo lo que ha pasado, sigue costándome dormir por las noches al evocar las imágenes que se me grabaron en el subconsciente aquella noche en que la joven me relato su calvario. Tras una larga pausa al final de su relato por fin pude hablar. Le explique que pensara muy bien sus próximas palabras, que cuando formulara su deseo fuera lo más clara y concisa posible, que tuviera mucho cuidado con como lo decía pues es lo que iba a pasar. Yo me tendría que encargar de vigilar que se cumpliera. Recuerdo perfectamente cómo me miró fijamente, con ese brillo en sus ojos. Ya no era un brillo de felicidad, había algo maligno en su mirada, estaba consumida por el odio. Recuerdo  lo que me dijo a continuación, palabra por palabra.

—Quiero que todo el mundo que ha tenido algo que ver con mis vejaciones sufra una muerte violenta y muy dolorosa. Quiero que paguen con su sangre. Todos.

—Así será.

Y con ese breve diálogo se sellaron los destinos de tantas personas en los siguientes meses. Con un asentimiento de cabeza se giró y comenzó a caminar lentamente, alejándose de nuestro encuentro y quizás de su deseo, pero para mí la carga ya estaba en mi grupa. Mi cabeza ya estaba funcionando y la magia se puso en marcha sin que yo tan siquiera me hubiese movido un milímetro de mi posición. Todos los cálculos ya estaban lanzados y todos los objetivos comenzaron a perfilarse. Empezaría inmediatamente, no me quedaba otra opción. Ahora cumplir el deseo era una compulsión. No quedaba nada en mí, ni una fibra de pelo, que no estuviese centrada en hacer que el deseo se hiciera realidad. Lentamente al principio y con más decisión tras los primeros pasos, me fui encaminando hacia la ciudad, siguiendo un camino paralelo al que había seguido la joven. Mi primer objetivo estaba cerca, no muy lejos del linde del bosque. Mi primera prueba se acercaba a medida que yo abandonaba el bosque y su seguridad. Mi juventud e inocencia se quedó atrás, junto al bosque.  Ya nunca más volvería a ser quien había sido. En ese momento solo podía intuir lo que me esperaba y como mis días de dicha y felicidad habían quedado atrás.

Llegar hasta la casa fue fácil, aun a pesar de ir temblando todo el camino y no por el frio precisamente. Entrar en la vivienda tampoco fue complicado. Acceder al dormitorio de la segunda planta sin despertar a nadie, muy sencillo. Una vez dentro, al pie de la cama, me detuve. Observe al hombre durmiendo en su cama. No parecía una mala persona. Estaba tumbado, con las sabanas por la cintura y la las manos entrelazadas sobre la prominente barriga. Era una estampa plácida. Todo iba a cambiar en un momento. Inspiré profundamente y me concentre. Luego, algo muy dentro de mí, tomo el control. Quiero pensar que esta entidad que se hizo cargo de mis actos fue creada única y exclusivamente por el deseo de la chica y no que era algo que de verdad habitaba dentro de mí. Cuando volví a ser consciente de mis actos la habitación en la que me encontraba había cambiado completamente. La sangre salpicada sobre el papel de la pared de mi izquierda había marcado un arco ascendente hasta el techo, las sabanas de la cama, antes de un blanco impoluto, estabas estampadas de un rojo casi negro, las tripas del hombre y todos sus intestinos reposaban en la alfombra junto a la cama. El rictus de dolor de hombre de la cama era indescriptible, su boca abierta en un grito mudo de terror, sus ojos parecían saltar de las cuencas del cráneo. Sus manos estaban subidas, cerca de la cabeza, llenas de mechones de cabellos y explicaban las calvas de la cabeza del hombre. Aun a pesar de lo dolorosa que debía de haber sido la herida de su vientre, el hombre parecía que solo se había ocupado de intentar arrancarse la cabellera.

Los escasos segundos que pasaron desde que vi esto y fui consciente de lo que había pasado fueron mis últimos segundos de vida placentera. En el momento en que mi cerebro asimiló la escena deje de ser yo mismo, un ser feliz y me convertí en lo que soy ahora. Ya no sé quién soy en realidad, si aquel ser joven e inocente que entro en aquella casa o este ser depravado y sin piedad que se sienta hoy en este banquillo.  El caso es que en aquel momento mis tripas se revolvieron como nunca antes lo habían hecho, me falto el aire. No podía respirar. No podía pensar. Tenía que salir de aquella habitación lo más rápidamente posible. Un vez fuera, corrí como alma que lleva el diablo y nada más llegar al bosque vomite lo que parecieron todas mis entrañas, no dejando nada dentro de mí. No solo eche la comida anterior y las bilis del estómago, también expulse de mí el dolor, el miedo, la sorpresa, en fin, todas las emociones que me abrumaban en esos momentos. Me quede tan vacío por dentro, tanto mi estómago como mi alma, que me caí al suelo, sin fuerzas, sin esperanzas. No sé cuánto tiempo pasé allí tirado, no sé si me dormí o solamente me quede en blanco, con los ojos abiertos. Solo sé que en el momento en que volví a tener consciencia de mí mismo ya era bien entrado el día. El escaso sol que se filtraba entre las nubes no calentaba mi cuerpo y estaba congelado, aterido de frio. Me levante temblando y me dirigí al corazón del bosque, a  casa, en un estado catatónico.

No pude disfrutar de este estado mucho tiempo, la compulsión por cumplir con el deseo era tan fuerte que no podía luchar contra ella. Una fuerza todopoderosa salía de mi interior, algo más fuerte que la voluntad o el sentido de lo justo, algo que no podía catalogar ni silenciar. Me llevó a seguir mi camino, o más bien el camino de mi peticionaria. Sin mucha dilación entre ajusticiamientos fueron pasando los quince siguientes días, casi en un suspiro, ahora lo siento como si fuera un sueño. O más bien una pesadilla. Quince días y veintiséis muertes después, aquí estoy. Sentado frente a ustedes, con mi labor casi cumplida. No quiero entrar en detalles escabrosos pero como sabrán por la prensa ninguna de las muertes fue placentera, todas ellas distintas, aplicando el castigo deseado en función del daño que mi joven peticionaria me requirió. El circulo está casi cerrado. El hombre que cobraba por las sesiones y organizaba las violaciones está muerto, todos los que pagaron y participaron del circo de los horrores, están muertos. La propietaria de la casa en el campo donde se perpetraron los hechos está muerta, el jefe de policía que fue sobornado para mirar para otro lado y no hacer caso de las acusaciones de la joven, está muerto. El testigo que infortunadamente vio una de las violaciones por la ventana y acepto el soborno que le ofrecieron, está muerto. No queda ningún cabo suelto. Excepto el responsable último de este negocio. Su inventor. Por eso estoy hoy aquí. Para cerrar el deseo de mi joven y poder descansar.”

Toda la sala se había quedado prendada con la declaración del Unicornio. En silencio, escuchando hasta la última palabra que salía de su boca. Las expresiones del jurado y el público en general cubrían todo el espectro: horror, sorpresa, pena, miedo, dolor, ira, incluso comprensión. El Unicornio escogió este momento para levantar la mirada y posarla en el Juez.  Su cara era todo un compendio de las anteriores reacciones. Estaba pálido. Con la mandíbula ligeramente  torcida y la boca abierta. Parecía que por fin entendía todo, juntaba las piezas del puzle. Su mirada de comprensión era todo lo que necesitaba el Unicornio para actuar. Con la cabeza gacha y de un portentoso salto se plantó en el atril del Juez y clavó su cuerno en la cuenca ocular izquierda del máximo representante de la justicia. El ojo del Juez exploto con un ruido sordo y bajo que se escuchó en toda la sala que permanecía en un silencio asombroso. Con un giro de su cuello, brusco pero medido a la perfección, el Unicornio le arranco el ojo, o más bien lo que quedaba de él. Unas pocas gotas de sangre salieron disparadas del cuerno y fueron a salpicar a la taquígrafa que ni tan siquiera se inmuto y continuo observando la escena con la boca abierta. En el punto más álgido del giro del cuello el Unicornio bajo unos centímetros más su cabeza y comenzó a girarla en sentido contrario. Al llegar a la altura del Juez le secciono limpiamente su carótida. En este momento ya no fueron unas simples gotas las que abandonaron el cuerpo del Juez. Su rictus no cambio. No se movió ni un ápice. Las manos seguían fuertemente agarradas a los reposabrazos de sus sillón. La cara desfigurada. Y el único ojo que le quedaba fijo en el Unicornio.  La vida se le escapaba a borbotones y en unos pocos segundos estaría muerto.  En la retina de su ojo sano quedo grabada la imagen del Unicornio y cuando el último aliento de vida desapareció de su cuerpo el Unicornio se desvaneció de la sala.

José Miguel Rodríguez

Madrid, 16-Marzo-2017