El Patito de goma

Abrí los ojos y allí estaba él. Como siempre. Fijando su mirada en mí. Su expresión casi risueña, siempre me reconfortaba, su mirada clara, inocente, siempre pura, su vaivén acompasado, casi danzarín. Todo en él me llenaba de paz. No podía imaginarme sin su compañía. Mi baño diario se había convertido en todo un ritual. No recordaba la última vez que me había bañado sin mi patito de goma. Llenar la bañera con agua casi hirviendo, poner mi patito en el centro de la bañera, esperar a ver cómo iba subiendo poco a poco, al mismo tiempo que el nivel del agua, desplazándose aleatoriamente dentro del estrecho margen de su particular charco. Una vez llena la mitad de la bañera, el complicado acto de introducirse en ella, intentando no escaldarme en el proceso. Lo más complicado era llegar a meter las posaderas dentro del agua, ello conllevaba introducir los genitales en ese caldo primigenio y no morir en el intento. Lo más duro era imaginar cómo se me reventaban los huevos que solía cocer para mi ensalada de la cena y no establecer las odiosas comparaciones. Una vez superado ese punto el resto era coser y cantar. Sentarse, relajarse, apoyar la espalda y poco a poco ir relajándome, cerrando los ojos al tiempo de deslizar la espada, hundiéndome cada vez más, eso sí, muy despacito. Antes de que mi barbilla llegase a tocar el agua solía abrir un poco los ojos, buscar a mi patito y ayudarle a ocupar su correcto emplazamiento. Justo sobre mi barriga hundida, de tal forma que si hacia respiraciones lo suficientemente profundas, él podría elevarse un poquito del agua y mirarme fijamente a los ojos.

La música era otro aspecto importante del ritual. Solía colocar un viejo radiocasete sobre el lavabo, sintonizando la siempre agradable RNE Clásica. También disponía de una colección bastante completa de cintas de música clásica, que solía alternar en función del humor del días o de mis necesidades puntuales, Wagner cuando quería subir mi estima, Vivaldi cuando quería agradecer estar vivo, Mozart para evocar recuerdos y vivencias.

La iluminación también ayudaba, solía guardar unas velas en el cajón del baño, algunas veces aromáticas, otras las más, una corrientes blancas, de esas que duran mucho tiempo, el objetivo no era aromatizar el baño, si no ambientarlo con una luz muy tenue, que ayudara a la relajación del baño y la música.

Todo esto era parte del pasado, ahora las cosas eran distintas. Los tiempos eran distintos. La música me la proporciona el teléfono móvil, con Spotify y mis listas de reproducción personalizadas. La ambientación se consigue con el regulador de la intensidad de la propia luz del baño. Todo más práctico. Pero ha perdido su romanticismo.

El patito sigue siendo el mismo, el tiempo pasa para todos, y no solo descubrirme alguna que otra cana en el pecho lo demuestra. También mi fiel compañero ha sufrido los estragos del tiempo. Sus ojos ya no son tan claros, limpios de mácula, sino más bien profundos, con un toque gris, con la sabiduría que da la experiencia y las vivencias, perdida completamente la inocencia en su mirada. Su pico, otrora rojo puro, ahora ha perdido el color, más pálido, y las comisuras que antes apuntaban una tímida sonrisa, ahora más bien parece un rictus, no de dolor físico, pero si apunta a una herida en su alma. La suavidad de su balanceo en el agua se ha transmutado en el equivalente de una cojera, dando traspiés en el agua en vez de mecerse con gracia.

Todo el mundo ha cambiado. No los típicos cambios que esperamos en la vida, el crecimiento, dejando atrás nuestra juventud y los sueños de grandeza y éxito y cambiándolos por otras necesidades más mundanas, más cotidianas, más asequibles. Dejamos de buscar la felicidad para intentar saciarnos con cosas. Un mejor trabajo. Mejor sueldo. Más posibilidades económicas para mejorar los objetos materiales que poseemos, un coche, una casa. El mundo se ha movido mucho más rápido que sus habitantes. La tecnología nos está absorbiendo. La inmediatez de todo, viajes, información, conocimiento, acaba con el disfrute al recorrer el camino. Solo importa llegar ya. Tener ya. No se disfruta de los pasos intermedios. Han desaparecido. Caminar no es pasear, es perder el tiempo entre estar donde estas y donde quieres estar. Y el tiempo no se puede perder.

Mis baños son un sacrilegio para estos tiempos modernos. Con los ojos cerrados y las ideas corriendo como locas por mis neuronas, casi haciendo las conexiones que ellas quieren, sin tener en cuenta mis necesidades, mis propias ideas. Todo se mezcla y retuerce a la velocidad de la luz. Casi puedo sentir las corrientes eléctricas saltando de una neurona a la siguiente, aportando su trocito de información. Canalizando los pensamientos. Aglutinando las ideas.

Ya casi tengo todo el cuerpo bajo el agua. Llega el momento de introducir la cabeza hasta solo dejar la nariz fuera del agua. Las orejas son la parte más interesante que toca ahora. Una vez bajo el agua me aíslan del mundo exterior. Los sonidos cambian. La música solo se percibe, más bien entrando en mi por la cabeza, no por los oídos. El agua transmite el sonido de una forma muy peculiar, soy consciente de otros ruidos de la casa que antes no percibía.

Oigo unos pasos. Me sobresalto. Este ya no es el barrio que solía ser. La seguridad es uno de los principales problemas en la ciudad y mi barrio no se salva. Todos los días escuchas noticias y comentarios de la gente, vecinos, internet. Allanamientos de morada están a la orden del día. Saco la cabeza del agua y me incorporo agitado. La música sigue sonando, aguzo el oído pero no consigo distinguir nada fuera de lo común. Un minuto. Dos. Nada. Todo en calma. Me paso la mano por el rostro para quitarme los restos de agua. Vuelvo a mi posición de reposo. Cierro los ojos. Y aquí están otra vez los pasos, esta vez más apresurados, agresivos. Me altero pero me fuerzo a permanecer debajo del agua, escuchando. Filtrando todos los ruidos, el motor de la puerta del garaje suena claramente sobre todos los demás ruidos, voces y gritos amortiguados de los niños jugando en el patio trasero del inmueble. El golpeteo asíncrono de una pelota. Y por debajo de todos ellos, casi como queriendo pasar desapercibidos, los pasos. Me concentro filtrado todos los ruidos y dejando que mi mente se centre en el rítmico andar del intruso. Sin ser un pensamiento muy racional me golpea la idea de que dentro de mi bañera no me podrá alcanzar. Es mi santuario. Aquí no puede dañarme. Este pensamiento me tranquiliza ligeramente, al mismo tiempo noto que la cadencia de los pasos del intruso disminuye, se ralentiza. Sí. Ya no está tan seguro de lo que está haciendo. Duda. Los pasos son cada vez más espaciados. Me concentro como sin con la sola capacidad de mi mente pudiera hacer que se parase y diese la vuelta, saliendo de mi vida como entro, sin avisar. Controlo mi respiración que cada vez se hace más lenta. Los pasos se vuelven muy inseguros. Me invade una gran sensación de somnolencia. Paz. Tranquilidad. Unos segundos más y habré conseguido que los pasos se detengan finalmente y para siempre. Si consigo seguir concentrándome. Si consigo…

Madrid 31 de Agosto de 2015

José Miguel Rodríguez.

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