La Ventana

Hoy era un día hermoso. La radiante luz del sol entraba con fuerza incluso a través de las cortinas. Los rayos de sol se perfilaban contra el papel pintado de la pared. En ellos las motas de polvo en suspensión parecían bailar unas con otras, siguiendo una extraña melodía que solo ellas podían oír. Si las observabas atentamente, dedicando el tiempo suficiente, al final casi podías descubrir el compás e imaginar las notas. Quería bailar con ellas, unirme a su alegría, participar de su disfrute. Como unas partículas tan pequeñas podían poseer tanta vida, tanta libertad para moverse y danzar era uno de los misterios que me inquietaba.

Los días de lluvia también me alegraban, las gotas golpeando el cristal, creando música y deslizándose por la ventana, sin prisas, sin ganas de llegar a su destino, solo disfrutando de su paseo por la ventana. Camino de otro lugar desconocido, pero con sus maravillas esperando ser descubiertas. Gracias a la farola que había en la calle el papel pintado de mi pared hacía las veces de pantalla de cine. Y esas gotas de agua sobre el cristal se convertían en sombras sobre la pared. Al llegar se detenían tímidamente, un suspiro, antes de precipitarse fuera de escena. En su camino de salida de plano había veces que dos gotas se encontraban, se sumaban alegremente la una a la otra y unían sus destinos en una comunión perfecta. Dejando de ser dos para convertirse en un solo ente, una sola unidad. Sin fisuras, contentas de haberse conocido y de compartir su destino futuro.

Los días entre medio, sin sol y sin lluvia eran más complicados, pero también tenían su encanto. Siempre aparecía alguna situación sorprendente, que llenaba las horas del días. Como queriendo decirme, eh, no te preocupes, hoy no tienes motas ni gotas, pero yo he venido a hacerte compañía. Unas veces era una sombra, otras un reflejo, las menos algún insecto perdido que tenía a bien pasar a saludarme con una deferencia digna de un buen amigo. Sé que estas solo y estaba por el barrio y pensé en pasar a saludarte, parecían decir.

La esquina de mi habitación, con su ventana al mundo  y mi trocito de pared eran lo mejor de mi vida. En las ocasiones en que no estaban corridas las cortinas podía vislumbran un trocito del edificio de enfrente de nuestra casa. No llegaba a ver el cielo pero casi lo podía sentir, allí escondido tras el alero del edificio contiguo,  agazapado, esperando sorprenderme con el tiempo del día. A veces, gentilmente, cambiaba a lo largo del día, haciéndome disfrutar de todas las etapas en una única y maravillosa jornada, con un podo de lluvia por la mañana para refrescar el ambiente, y un gran sol por la tarde para elevar el sugerente olor de tierra mojada por todo la calle.

Las noches de luna luminosa eran mis preferidas. Mi pantalla particular me ofrecía un espectáculo de sombras chinas de lo más gratificante, las nubes se ponían de acuerdo con la luna para jugar conmigo. Tenía que adivinar qué historia querían contarme, cuáles eran los personajes, cuál era su motivación. Recuerdo una noche en concreto en que la obra fue maravillosa, los actores parecían estar en la cumbre de su carrera, su interpretación magistral consiguió emocionarme como nunca, y aquella noche mis sueños fueron tranquilos y más hermosos que de costumbre, si eso era posible.

Pero hoy es un día hermoso con su sol, sus motas, su energía infinita. Tanta emoción me embarga que finalmente no  puedo evitar que una lagrima se escape de mis ojos, rodando plácidamente hasta la almohada. En este estado de felicidad no puedo estar más que eternamente agradecido de estar vivo y poder disfrutar de este momento.

-Pobre hombre.- Oigo comentar al médico en la habitación. Ya no puede soportar más su condición. Deberían plantearse desconectarle de la respiración asistida.

-Usted no conoce a mi hijo.- Sin verla, por estar en la otra esquina de la habitación, oí a mi madre y pude intuir la sonrisa en su rostro.

En Madrid a 1 Septiembre de 2015

José Miguel Rodríguez.