Martín

Martín se colocó las gafas en su correcto lugar del puente de la nariz empujándolas ligeramente con el dedo medio de su mano derecha, sin percatarse que al hacer este gesto mecánico también estaba pintándose muy ligeramente de blanco la mejilla derecha. Sostenía con cuidado el pincel entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha mientras que con la izquierda acercaba la figurita de plomo del senador romano a su cara, buscando sin encontrar algún fallo en su pintado. Satisfecho, con un gesto de aprobación que nadie podía observar, dejo la figura sobre la mesa y procedió a estirar su cansada espalda.

Martín se consideraba un hombre metódico y ordenado. Tanto en casa como en el trabajo tenía bien asimiladas sus rutinas. Cada cosa tenía un sitio y un sitio para cada cosa. Ese era su lema y lo practicaba con una fe absoluta. Llevar veintitrés años trabajando en la misma empresa no era tarea fácil en estos tiempos. Una persona ajena a su vida podría pensar que era un hombre aburrido, sin ideas y sin pasiones, pero el caso es a él le gustaba de su trabajo. Su método. A lo largo de los años no había cambiado mucho. Había pasado gran parte de su vida trabajando en el puesto básico de la empresa pero ya hacía cinco años que era responsable de un grupo de personas que hacían su antiguo trabajo  y él las coordinaba con eficiencia y orden. Igual que en su casa. Vivía con su madre que estaba afectada de una rara enfermedad que la imposibilitaba de salir a la calle y llevar una vida normal. Por eso Martín había decido quedarse en casa y cuidar de ella. Y no era un sacrificio. Lo hacía bien a gusto. Era lo que correspondía. Además tampoco era una carga, se valía perfectamente sola dentro de la casa. Su cabeza funcionaba bien y las atenciones médicas necesarias eran mínimas. Martín se había criado solo con su madre pues su padre falleció a temprana edad, por un accidente en la fábrica donde trabajaba, el sindicato se portó muy bien con la viuda y su hijo y consiguió un acuerdo muy jugoso económicamente hablando, él tan solo tenía cinco años cuando pasó todo y no recordaba gran cosa de su padre. Tampoco podía decir que lo echara de menos. El acuerdo junto con el seguro de vida y la pensión permitieron que los dos, madre e hijo, llevaran una vida austera pero sin pasar necesidades, hasta que Martín entró en el mercado laboral.

La condición de su madre se fue desarrollando los dos primeros años en los que Martín comenzó a trabajar, al principio no fue muy inquietante, luego poco a poco se fue agudizando y finalmente los especialistas la calificaron como una agorafobia con componentes de anuptafobia. Un poco de medicación, mucha terapia y tras unos años todas las partes aceptaron que no se podía avanzar más. Martín y su madre decidieron que su calidad de vida era suficiente, que no necesitaban más visitas a más médicos, que no les hacía falta gastar más tiempo ni más dinero. Siempre y cuando no saliera de casa y no pasara mucho tiempo sola su madre estaba muy bien.

Con la excusa de ayudar a su madre con las tareas domésticas Martín contrato a una asistente colombiana. Se la jugo todo a una carta. Tenía miedo que su madre no quisiera ayuda. Y tenía miedo que no aceptara la compañía. Por una vez en su vida se alegró de estar completamente equivocado. Las dos congeniaron nada más verse. Patricia era una mujer entrada en carnes, bajita y con las manos y el rostro marcados por el trabajo duro. Ero era una charlatana nata y mjuy cariñosa con su madre. Martín dudaba mucho cuál de las dos trabaja más en la casa. Pero de lo que si estaba seguro es que no paraban de hablar en las cuatro horas diarias que pasaban juntas. Parecía mentira que dos personas de mundos tan opuestos pudieran ser tan complementarias y llegar a hacerse amigas. Patricia llevaba con ellos más de quince años ya. Martín estaba convencido que cualquier día tendría que contratar una nueva asistenta para ayudar a las dos viejas amigas a hacer las tareas domésticas. Tras la comida llegaba la hora de la siesta, momento en el que Patricia terminaba su jornada laboral, pero muchos días se quedaba en casa, junto a su madre, las dos sentadas en el sofá, en un duermevela delante del televisor y sus eternos programas de cotilleo. Se despertaban para la novela, como no. Y luego discutían un rato sobre si fulanito era más malo que menganito o viceversa. Cuando Martín llegaba a casa del trabajo muchas veces encontraba a Patricia dentro de casa, o a la puerta, despidiéndose de su madre.

Durante una temporada Martín pensó en buscarse un apartamento cerca de casa de su madre, pero primero los precios de los inmuebles y luego el tipo de vida que llevaba le fueron apartando esa idea de la cabeza. Martín no tenía novia. Nunca la había tenido. Era un hombre tímido y le costaba acercarse íntimamente a las mujeres. Tampoco era un hombre acostumbrado a salir mucho de casa, de joven por los problemas económicos que tenían y por un exceso de responsabilidad pasaba más tiempo en casa que fuera. Le gustaba leer y alquilaba en la biblioteca todos los libros que podía. Con el tiempo se fue decantando por la historia como su tema preferido, pero no hacia ascos a nada. No se podía decir que tuviera amigos. Tenía conocidos. Y era muy apreciado por alguno de sus antiguos compañeros de estudio y de trabajo. Pero no tenía una gran vida social. Tampoco pequeña la verdad. Pero lo curioso es que no lo echaba de menos. Cenas de Navidad de la empresa y despedidas de compañeros que se jubilaban eran sus más emocionantes eventos en el calendario social. No podemos decir que fuera un hombre hosco ni huraño. Su timidez no iba acompañada del típico miedo a los demás, de no poder hablar con las personas. No. Él hablaba con sus compañeros de trabajo, vecinos y con la gente con la que cruzaba sin ningún problema. Siempre y cuando fueran ellos los que iniciaban la conversación claro. Así pues en el trabajo le consideraban un hombre reservado pero no esquivo, no solía comentar nada de nivel personal pero si estaba al tanto de la actualidad. No se podía decir que era un experto ni un fanático de ningún tema en particular, pero daba su opinión sobre todo lo que acontecía en el mundo, siempre muy mesurado, siempre muy prudente. Con los compañeros de trabajo podía mantener una conversación de deportes sin ser un seguidor de ningún equipo. Si había una porra en la oficina participaba con la apuesta mínima como uno más. No tenía problemas tampoco en hablar con sus compañeras de oficina sobre otros temas menos varoniles que el futbol. Con su madre estaba al día de cotilleos, prensa rosa, azul y amarilla. Tenía muy buena retentiva y aunque no eran temas que le interesasen en demasía sabia quien se había casado con quien o quien estaba en gran hermano este año. Así pues cubiertos ambos extremos de estereotipos de conversaciones de hombres y mujeres, todo lo que estaba en medio era pan comido para él.  Le gustaba leer el periódico más que ver las noticias en la televisión, y como no tenía una afiliación política  marcada, como obrero siempre había tendido a la izquierda como es natural, procuraba leer dos opiniones como mínimo de todos los temas de interés.

No era un hombre dado a viajes ni vacaciones lejos de su casa por razones obvias. Su tiempo libre lo dedicaba a dos actividades, la lectura y al pintado de figuritas metálicas históricas. No soldaditos de plomo, no era un amante de las armas ni de las guerras. Ambas dedicaciones solitarias le distraían y relajaban. En casa disponía de una habitación mezcla biblioteca y sala de exposición de sus figuritas.

Así estaban las cosas cuando Marta entro en su despacho el miércoles.

-Tengo un problema y no sé cómo solucionarlo -declaro Marta dejándose caer en la silla de visitas y haciendo un mohín.

Marta era una nueva empleada, llevaba en el equipo tan solo un año y medio. Joven y muy extrovertida. Siempre alegre, siempre con la sonrisa en la boca, pero muy capaz de pasar del blanco al negro en tan solo una décima de segundo. Eso sí, enseguida recuperaba su sonrisa. No había ningún problema, real o imaginario, que le ocupara mucho tiempo en la cabeza. Pero cualquier problema que apareciese, por nimio que fuera, era un abismo insalvable durante los cinco o seis minutos que captaba toda la atención de Marta. Y si algo captaba la atención de Marta, también captaba la atención de toda la gente que le rodeaba, de ello se encargaba Marta con gran pasión. Martín había veces que desconectaba sus oídos cuando, en el espacio abierto de la oficina donde trabajaba su equipo, Marta ponía al corriente del último asunto que se traía entre manos a todos sus compañeros. Otras veces no podía hacerlo y se asombraba escuchando la narración de su compañera. Y algunas veces hasta arrancaba una sonrisa de su rostro.

-No puedo ir. No puedo ir -repitió Marta-. Y es una putada.

-Marta, por favor, ¿puedes empezar por el principio? No te sigo.

Otra de las características de Marta es que te hablaba como si tú supieras exactamente lo mismo que ella, como si estuvieras dentro de su cabecita y vieras pasar sus razonamientos frente a ti. O como si la comunicación mental no fuera solo cuestión de las películas.

-No tengo días de vacaciones y encima los de finanzas no me dan el adelanto. Así que ya está decidido, no voy a ir. Encima no tengo con quien ir, así que imposible. No voy y ya está.

Marta era alta para la media de las chicas, debía medir sus buenos metro y setenta centímetros. No es mucho pero para el uno sesenta y cinco de Martín como si jugara en la selección de baloncesto. Parecía muy alta. No era excesivamente delgada como las modelos tan de boga que salían en las revistas, con esos brazos esqueléticos, a semejanza de radiografías de brazos reales.  Y cuando se movía no tenía ese andar característico de pasarela de moda que usaban tantas chicas ahora, más bien iba un poco encorvada, como tratando de ocultar su altura, o tal vez fuera por su pecho, demasiado desarrollado para su estructura ósea. El caso es que verla en movimiento no evocaba una imagen muy femenina. Solía vestir con ropa muy informal, en el trabajo no había contacto directo con los clientes y el código de uniformidad era muy relajado. Solo Martín vestía de traje y corbata en la oficina. Eso le solucionaba el problema de decir que tener que ponerse por la mañana y una costumbre es una costumbre.

-Insisto –comentó Martín-. No sé de qué me estás hablando.

-¡¡Se casa Totó!! –exclamo abriendo desmesuradamente los ojos y elevando al tiempo las manos al cielo.

Debió de darse cuenta inmediatamente que esa frase en si no tenía ningún significado para Martin por la cara de su interlocutor, pues antes de que pudiera intervenir añadió rápidamente.

– ¡Totó mi amigo Italiano de toda la vida!

Como si eso zanjara la conversación y terminara con cualquier duda que nadie en el mundo pudiera tener. Si una foto de una cara podría reflejar el signo de la interrogación a la perfección, la de Martín en ese momento habría estado entre las cuatro o cinco candidatas al premio.

– Resulta que se casa Totó y claro me ha invitado a la boda, como no, y es este fin de semana y claro con todo el rollo del piso, ya sabes, pues me he quedado casi en números rojos y ya le había dicho que si, que iba, pero mi amigo Lolo, Manolo, que iba a venir conmigo no puede y me lo ha dicho hoy, y fíjate tú, el capullo de contabilidad va y me manda un mensaje recordándome que no pueden hacerme otro adelanto de la nómina por no sé qué mierda del estatuto interno y que no se pueden hacer dos adelantos en el mismo año –la verborrea de Marta sorprendió una vez más a Martín, que poco a poco se fue hundiendo en su sillón como si las palabras fueran un ataque físico contra su persona. Sin espacio para pausas y a la velocidad a la que hablaba, parecía que Marta iba a quedarse sin respiración. Pero nada más lejos de la realidad, la diatriba continuo -. La reserva de los billetes la tenía ya pagada con la tarjeta, claro, con el descubierto, el cargo se ha devuelto o no sé qué rollos me ha dicho la chica de MasterCard, que si no pueden darme crédito hasta que no se aclare mi situación financiera, ja, como si eso fuera una novedad, te recuerdo que ya deberías revisarme mi contrato que no gano para vivir en esta ciudad tan cara….

Una pausa, y sin tiempo a recuperar el aliento para una persona normal, el monologo continuo, pero claro estamos ante Marta, que es capaz de esto y mucho más. Lo que pasa es que Martín ya era incapaz de asimilar más información y se perdió el resto del discurso hasta su cierre dramático .

– …. Pues eso, que no voy -.termino Marta cruzando los brazos sobre el pecho y bajado la barbilla al mismo tiempo de fruncir los labios.

Martín se colocó las gafas sobre el puente de la nariz con el índice derecho y se pellizco ligeramente la punta de la misma al tiempo que hacia una corta y rápida inspiración. Ganando tiempo adelantó la mano izquierda hacia su bolígrafo y pulso dos veces sobre el botón de forma que la punta se asomó y volvió a retirarse rápidamente. Repitió el gesto una segunda vez más lentamente antes de contestar.

-¿Y qué es exactamente lo que quieres que haga por ti Marta?

Matín subía caminando los seis tramos de escaleras que llevaban al piso de su madre como hacia todos los días, al fin y al cabo junto con volver caminando del trabajo era el único ejercicio que hacía y una costumbre es una costumbre. Seguía pensando y dándole vueltas a su conversación con Marta. Tras terminarla llamo a finanzas y tal y como había comentado ella correctamente, el adelanto no era posible esta vez. Las reglas estaban ahí. Y Martín no era un hombre que se saltara fácilmente las reglas. Pero quería ayudar a Marta. No porque el problema es si le pareciera de vital transcendencia. No. Pero había algo en el espíritu libre de su empleada que le hacía pensar que se merecía disfrutar de ese ocasión especial con su viejo amigo. Que merecía triunfar y ser feliz. Y una idea descabellada empezó a rondar por su mente. Pasó la noche dándole forma, durmiendo poco y pensando las cosas en contra y a favor que tenía. Y madurando su plan. Mucho más tarde de lo normal se quedó dormido con una  inusual sonrisa en su cara. La decisión estaba tomada.


Al día siguiente, nada más segar a la oficina Martín llamó a Marta a su despacho saltándose la rutina diaria y sintiéndose bien por ello. Se colocó las gafas en su sitio y con un gesto invito a Marta a sentarse.

-Creo que tengo una solución para tu problema –aseguro Martín.

-Ya casi lo tengo controlado, en cuanto termine esta hoja excell llamaré al cliente y le contaré la verdad, bueno más o menos la verdad, ya sabes que siempre nos tenemos que dejar alguna cosa en el tintero, pero bueno…

-No, no, Marta, el problema italiano, la boda –interrumpió Martín.

-Ahhhh, pensé que te referías… -no termino la frase y salto en el asiento al tiempo que se le iluminaba el rostro-. ¿Cómo? ¿Has conseguido que me concedan el adelanto? ¡Pero ya no quedaran vuelos! ¿Podré recuperar mi reserva? Voy corriendo a meterme en internet a ver si puedo….

-¿Me dejas que te explique? –volvió a interrumpir Martín.

-Perdona Martín pero es que estoy tan contenta de que lo solucionaras que no puedo parar de hablar, dime dime, por favor, cuéntame, ¿Qué es lo que tengo que hacer? Si hay que hacer horas extra ya sabes que yo no tengo ningún problema, salvo los martes que voy a esas reuniones de…

Al observar la cara de Martín, que era todo un poema, por fin consiguió cerrar su boca-ametralladora y prestar atención a lo que tenía que decir. Y Martín expuso su plan. Como siempre, conciso y en pocas palabras. Las mentiras intercaladas en su exposición pasaron desapercibidas o bien no se tomaron en cuenta. Martín contó que tenía pensado hacer un viaje a Roma en fechas próximas, que no lo tenía cerrado todavía pero que podría arreglar las cosas para que fueran ese fin de semana, que no le importaba subvencionar el billete de avión y la estancia en la ciudad eterna para Marta, claro que le tendría que devolver el dinero, pero no era necesario que fuera inmediatamente y por supuesto no tendría que pagar ningún tipo de interés. Martín no se había planteado en ningún momento cual podría ser la reacción de Marta, ni tan siquiera se le había pasado por la cabeza la más obvia de las reacciones, puesto que el no sentía ningún tipo de atracción física o emocional por Marta, no se le ocurrió pensar que su compañera pudiera pensar que su jefe estaba proponiéndola un fin de semana juntos con la intención de seducirla o que pagara el favor de una forma carnal. Tampoco se le pasó por la cabeza que Marta estuviera en ese momento imaginándose a Martín bizqueando intentando enfocar la vista tras haberse quitado las gafas, en paños menores, con su barriguita sobresaliendo entre unos calzoncillos blancos que habían visto tiempos mejores y su camiseta interior, sin mangas, también de un blanco deslucido, acercándose con los labios formando una minúscula O previa al beso que pretendía darle. Martín seguía exponiendo su plan maestro ajeno a los pensamientos de su interlocutor, con todo lujo de detalles, cual plan de batalla milimétricamente calculado, horas de salida de vuelos, compañías aéreas y sus números de vuelo, lanzaderas de enlace entre el aeropuerto y el hotel, todo junto a su precio. Escribía todos  estos datos en una cuartilla en blanco que tenía frente a él nada más mencionarlos. Tras completar la lista y pasar la punta del bolígrafo por todos los puntos de la misma y sin encontrar macula o error, dejo el bolígrafo para tomar la calculadora. Aun sabiendo los resultados de memoria procedió a calcularlos una vez más, sumar las columnas, dividirlas por dos y llegar al mismo mágico resultado obtenido la noche anterior. Satisfecho con su exposición y cuentas, levanto por primera vez la cabeza del papel.

-¿Qué te parece? –pregunto, descubriendo en ese momento el gesto de sorpresa y algo más que no pudo identificar, pero que le perturbo, en el rostro de Marta.

¿Se habrá dado cuenta de mis intenciones? ¿Sabrá que nunca he viajado? El razonamiento de Martín en la noche anterior parecía venirse abajo de golpe. Él había pensado que Marta no pondría ninguna pega a su viaje juntos. Martín necesitaba a alguien a su lado para esta, la aventura de su vida, sin conocer otra cosa que su ciudad y los pequeños desplazamientos que hacía en ella, al trabajo, a la compra, alguna que otra vez al cine, había visto en el problema de Marta una oportunidad que nunca se había planteado, viajar a Roma, la cuna de la civilización, conocer esa ciudad impregnada de historia, un ejemplo vivo y en cada esquina de donde veníamos y quienes éramos, cultura, leyes, religión, todo nacía en Roma. Sin pararse a pensar en nada más había decidido aprovechar su única oportunidad para conocer la ciudad.

-¿Te parece muy caro? –intento mejorar la situación -. Podría incluso hacerme cargo de más parte de la factura, pues al fin y al cabo yo iba a ir de todas formas….

No quería perder la oportunidad del viaje pero sin saberlo estaba complicando más las cosas. Si hubiera estado más centrado en su interlocutor se habría dado cuenta que Marta estaba muda, una situación en la que nunca antes la había visto y eso le habría servido de alarma y habría frenado sus discurso.

-…así si yo me hago cargo de los dos tercios del gasto, quedaría como…

-Martín no es eso.

-¿Si? –el temblor en su voz también contribuyo a inquietar aún más a Marta si cabe.

-¿Qué quieres decir realmente? ¿Por qué haces esto? ¿Qué quieres de mí?

Martín quedó desconcertado, estaba fuera de lugar, a punto de perder su viaje, un viaje que el dio anterior no existía en su memoria, pero que desde la conversación con Marta se había convertido en su máxima expectativa de experiencia vital. ¿Debería confesar? ¿No le haría eso parecer una especie de loco o psicópata?

-Solo se me ocurre que quieras acostarte conmigo, claro, a no ser que seas gay claro –cometo Marta en voz baja, casi para sí misma-. No llevas anillo, así que no estas casado, pero nunca te he visto mirar a las chicas como un viejo verde la verdad, y hay alguna que sí que parece que lo está buscando con esas ropas que me traen, así que me tienes un poco descolocada.

Por fin entendió Martín por donde iban los tiros. La reacción de Marta y su sorpresa, todo cuadraba ahora y esbozando una sonrisa de alivio procedió a convencer a Marta de que en sus intenciones no había nada deshonesto, todo lo contrario, solamente quería ayudar a una compañera de trabajo y hacer un viaje agradable. Argumento que viendo que Marta no tenía intención de compartir su lecho con él, si hubiera esa sido su única intención en ese mismo momento habría cancelado la oferta de ayuda, pero que no era el caso, y que la oferta seguía en pie, que se lo pensara y que le confirmara su decisión esa tarde, con tiempo justo para reservar y hacer todos los preparativos.

-Martín, ¡nos vamos a Roma! –exclamó la sonriente cara de Marta asomándose por la puerta del despacho de Martín a última hora de la tarde.

Continuara…..

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s