Un hombre, un banco

Un banco. Un hombre sentado en él. Un frio pero soleado día de mediados de invierno. La sombra disputa al hombre su mitad del banco. Parece que han llegado a un acuerdo y los dos están cómodos con la solución. El hombre quieto, relajado, sujeta un carro de la compra y permanece con la mirada perdida. No mueve el cuerpo. Su mano firme sobre el asa del carro lo mantiene anclado a este mundo. No hay nada en su rostro que indique que participa del entorno, solo esa férrea presa sobre el carro. De vez en cuando y sin motivo externo aparente, el hombre mueve un poco su cabeza, la gira a un lado u a otro y permanece en esa posición hasta el siguiente movimiento. Si no fuera por el vacío de su mirada se podría pensar que está vigilando la acera frente a él. La gene sigue desfilando por delante del hombre sin percatarse de su soledad, de su aislamiento. ¿Solo me angustia a mí? ¿Solo soy yo el único testigo de este drama?

Miro a mi alrededor intentando decidir qué hacer, observo a la gente que pasa entre nosotros, distante, pendientes de sus tareas mundanas y sin prestar atención al drama que está ocurriendo a escasos metros. Nadie se fija en el hombre del banco, ni tampoco en mí. Eso me hace pensar. Recapacito y creo que todo el mundo está equivocado y solo yo tengo la claridad de mente para ver lo que realmente está pasando. Esto es un problema. Ahora ya sé que soy responsable de ese hombre sentado en el banco. Ya no puedo decidir que otra persona podría ocuparse de él y marcharme. Solo yo tengo la solución. El primer instinto de seguir con mi camino se desvanece. Ya no podría perdonarme a mí mismo. Inicio titubeante el acercamiento al banco y su ocupante. No da muestras de reconocerme. No me mira. Yo sigo acercándome con mi mirada firmemente clavada en su rostro.  Me detengo a su lado. Sin dejar de mirarle. Buscando el contacto de sus ojos perdidos.

– ¡Arturo, nos vamos! – suena una voz de mujer a mis espaldas.

Me giro lentamente y veo a una señora, entrada en años y carnes, contoneándose con ese movimiento peculiar de los pasados de peso. Sus piernas, dos robustas columnas con igual diámetro en el tobillo que en la rodilla, la transportan como un robot maléfico de los dibujos infantiles. Por un absurdo momento pienso que yo soy su objetivo, que me ha confundido con alguien. O que la ha tomado conmigo por alguna acción previa que desconozco.  Sigue avanzando hacia mí. Busco su mirada y encuentro un rostro que aparentemente es amable, con bolsas y arrugas  junto a los ojos. Pero su ojos me capturan. Ojos de un castaño oscuro que con la luz del día parecen casi negros, sin distinción entre pupila e iris. Este detalle le confiere maldad a su rostro.  Es un demonio. Un demonio hambriento de almas humanas. Ya casi le tengo encima. Estoy paralizado. No puedo moverme. Es mi fin.

-¡Arturo, coño, que estas en las nubes, vamos pa casa!

El leviatán pasa a mi lado, toma el carro de las manos del hombre sentado al banco y continua su camino hacia el paso de cebra. El hombre se incorpora del banco junto a mí, me mira, guiña un ojo y me dice:

-Mujeres…., que haríamos sin ellas, ¿eh?

 

Madrid 1-Marzo-2017

José Miguel Rodríguez

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