Una experiencia inolvidable

– ¿Estás seguro?

-Coño, ¿no te lo estoy diciendo? Inolvidable chico, inolvidable.

Esa conversación con mi colega Antonio me seguía dando vueltas en la cabeza mientras me dirigía al centro de masajes que me había recomendado. Me había convencido, no tanto con las palabras que había utilizado sino con su expresión corporal. La intensidad con la que había defendido su presentación y los gestos involuntarios de asombro que poblaban su cara daban muestras de los recuerdos que aún le perduraban de su anterior visita a la masajista.

Una ducha y uno de mis mejores calzoncillos, de esos reservados para las noches de los sábados en las que estoy con más confianza en mis posibilidades y que salgo de casa cantando a voz en grito “My way”. Claro que la mayoría de las veces vuelvo solo, triste, hundido en la miseria, con dos copas de más y tarareando entre dientes 19 días y 500 noches.

Doy pasos firmes, pero sin prisas, para evitar empezar a sudar. Me acerco al número 17 de la calle Torres, tal cual he sido instruido.  No aprecio ningún cartel ni placa que avise que estoy en el lugar correcto. Vuelvo a comprobar una vez más la dirección en mi teléfono móvil. Es correcta. El mensaje de Antonio dice calle Torres 17, 5º piso, letra C. Trago saliva y levanto la mano aproximando mi dedo al portero automático. Justo antes de tocar el botón correspondiente al  5C hago una pausa para aclararme la garganta. Hay que procurar causar siempre una buena primera impresión. Pulso dos veces el botón con toques cortos y seguidos. Espero unos segundos y nerviosamente vuelvo a repetir la operación. Me responde una voz de mujer,  suave y muy sugerente. Esto empieza bien. Curiosamente no responde con el nombre del establecimiento ni ninguna frase hecha trivial, solo lanza una misteriosa pregunta.  ¿Quién te ha recomendado?. Rápidamente y sin apenas titubeo contesto quizás alzando en demasía la voz. Noto unos segundos de duda, ¿he sido demasiado brusco? ¿se ha notado alguna inseguridad en mi respuesta? ¿he cometido algún error de principiante?. Todas mis dudas se disipan con el chasquido metálico de la puerta al ser liberada de su cierre. Envalentonado empujo con fuerza y con paso seguro meto mi cuerpo dentro del portal. Mi mente continua imaginando múltiples y variados escenarios mientras espero al ascensor. Casi atropello a una anciana que me mira con desagrado al intentar entrar en el ascensor antes de que ella pueda salir. Murmuro una disculpa pero advierto que no la tiene en cuenta y continua con su ceño fruncido. Ya dudo si nuestro encuentro ha producido ese efecto o ya venía ella de casa así. Procuro que esta distracción no me altere y vuelvo a centrarme en lo mío mientras el ascensor me lleva a los cielos. Sin más percance ni encontronazos consigo llegar al quinto piso ante la puerta C. Se me plantea una duda antes de llamar a la puerta. ¿Qué actitud debo presentar? ¿ Sonrisa de autosuficiencia y control absoluto de la situación? ¿Seriedad extrema juzgando el servicio que se me va a prestar? ¿Media sonrisa de complicidad y conocimiento? La puerta se abre sin haber llegado a ninguna conclusión y por lo tanto me pilla con cara de sorpresa y sensación de ser pillado cometiendo una travesura. ¡Pues bien empezamos! Menos mal que reacciono rápidamente y paso a poner cara de embobado nada más ver a la chica que me ha abierto la puerta.  Alta, muy alta, al menos más alta que mi metro sesenta y cinco. Por lo menos diez centímetros más que yo. Tiene una larga cabellera rubia recogida en una coleta alta y con dos mechones sueltos a ambos lados de la cara. Lo que primero me llama la atención son sus ojos verdes esmeralda ya que no me atrevo a bajar la vista hacia sus pechos generosos. Por el rabillo del ojo los veo desafiar las leyes de la gravedad con total impunidad. Va vestida con una bata de esas japonesas, corta, por encima el muslo y muy ceñida. Remata su vestuario con unas zapatillas de goma como las que usan las enfermeras en los hospitales, desluciendo un poco el conjunto, pero no seré yo quien ponga una reclamación por ello.

La ausencia de sonrisa en su cara no invita a muchas intimidades así que saludo ligeramente con la cabeza a la espera de instrucciones. Sin mediar una palabra entre nosotros me franquea la entrada. Deduzco que no quiere ningún tipo de escena en el rellano del pasillo y entro en el piso.  Cierra la puerta tras de mí y apuntando con su brazo derecho me señala hacia el pasillo. Levanto una ceja inquisitivo y ella asiente con la cabeza dos veces sin bajar el brazo. Empiezo a caminar en la dirección indicada. Una pequeña lámpara de techo ilumina tenuemente el pasillo sin revelar nada de particular. Me detengo ante la primera puerta y me giro hacia mi anfitriona que niega con la cabeza y señala la siguiente.  Solo tengo que empujar un poco la puerta, que esta entornada, para descubrir mi destino final.

Una habitación no muy grande, con una camilla de masaje dominando la estancia. Unas ventanas  con unas cortinas traslucidas que dejan entrar la luz de la tarde pero impiden que se observe el exterior. Un par de muebles bajos, uno debajo de las ventanas y el otro a la derecha de la camilla, con frascos y ungüentos sugerentes.  En el lado izquierdo de la camilla hay un armatoste con un brazo articulado que sostiene tres tubos fluorescentes de color rojo. Justo a la derecha de la puerta hay una pequeña silla de respaldo y sobre ella un colgador de pared.

Con un pequeño toque en mi hombro, que todo hay que decirlo, me sobresalto un poco, la recepcionista me señala la camilla y me hace avanzar al interior de la habitación. Ella permanece fuera, ve que he entendido las instrucciones y cierra la puerta tras de mí, desapareciendo de mi vista.

Respiro profundamente. Parece que durante el minuto escaso que he pasado desde que nos conocimos en la puerta he estado conteniendo la respiración. ¡Seré tonto! Bueno ya está. Estoy aquí y voy a disfrutar de la experiencia.  Procedo a desvestirme. Primero me descalzo, me quito los pantalones y los dejo sobre la silla. Me quito la camisa y la cuelgo del respaldo. Me dirijo hacia la camilla. Ah, casi se me olvida, los calcetines fuera también. Con un lanzamiento digno de Larry Bird aterrizan uno en la silla sobre el pantalón y el otro en el suelo, cerca de la silla. Tras una pequeña vacilación me acerco, lo recojo del suelo y lo coloco junto a su compañero. En baloncesto hay que saber jugar los rebotes, ¿no?  Con tan solo mis flamantes calzoncillos me siento en la camilla que está forrada por un papel de estos desechables. Un punto para la higiene, bien. Balanceando las piernas en el aire espero unos largos dos minutos sin que nada suceda. Decido cambiar de postura y tumbarme boca abajo en la camilla que está dotada de un pequeño agujero para que acomode mi cabeza.

Casi sin terminar de posar mi cabeza en la oquedad oigo como la puerta se abre y unos pasos ligeros se acercan a la camilla. Intento incorporarme para decir algo pero una mano se posa en mi cabeza y me obliga a volver a mi posición inicial. Tras conseguirlo, ya sea por el éxito de esta primera maniobra o porque así estaba escrito en el guion, me ayuda a colocar primero mi brazo izquierdo y luego el derecho por encima de la cabeza, dejando un fácil acceso a mis costillas. Sin más dilación los pasos se dirigen a uno  de los armarios laterales. Un bote se destapa, un líquido se desliza y con un silbido el frasco de plástico parece recuperar su posición natural. Lo siguiente que noto son sus manos sobre mis hombros y un pequeño escalofrió al sentir el contacto del líquido fresco sobre mi piel. Así comienza el masaje sobre mis hombros y mi espalda. Yo empiezo a relajarme y disfrutar. Tras untarme a conciencia con el líquido, que empieza a llenar la estancia de un aroma que no acabo de identificar pero que  es muy agradable, se aleja de la camilla para acercar el armatoste, que aparentemente tiene ruedas, y lo enciende.  En pocos instantes un calor muy pero que muy agradable empieza a invadir mi espalda. Esto pinta pero que muy bien. Nuevamente pasos y el sonido de la puerta al cerrarse. Supongo que ahora estas lámparas de calor necesitaran un poco de tiempo para cumplir su cometido.

Ya completamente relajado y con el calorcillo de la espalda una modorra se va apoderando de mi cuerpo y casi sin quererlo noto que me estoy quedando dormido. Qué más da. Ya me despertará la puerta la próxima vez que entre mi estupenda masajista. Este es mi último pensamiento coherente antes de caer completamente dormido.

Poco a poco voy despertando, un poco mareado y completamente desorientado. ¿Dónde estoy? Intento levantar mi cabeza e incorporarme pero algo tira de mis manos. No puedo ver casi nada al tener mi cabeza encajada en algún sitio que me la aprisiona pero poco a poco voy recordando. Vale, estoy en la masajista. Me he quedado dormido y me duele todo el cuerpo por la posición forzada, ¿verdad? Ahora intento incorporarme con más confianza, pero algo me lo impide. Mis manos están atadas y no puedo mover mucho mis brazos. Intento gritar pero noto algo en mi boca. También intento arrodillarme en la camilla para cambiar de posición pero mis pies están sujetos. El pánico se apodera de mí y empiezo a tomar consciencia de mi situación. Voy notando un dolor fuerte en mi espalda y un dolor más sordo y profundo en mi culo. ¡Oh Dios¡, ¿que me han hecho?

Alguien desliza una tableta bajo la camilla. Un video se está reproduciendo en ella. No me queda más remedio que mirarlo. En el video se me ve a mí entrando en la habitación del masaje y desnudándome, acomodándome en la camilla y comenzando a recibir el masaje. En la esquina superior derecha hay un reloj que marca el tiempo pasado en la imagen. Tras ver como la masajista coloca el aparato de calor sobre mi espalda y sale de escena hay un salto en el contador de unos 15 minutos. Yo sigo inmóvil en la camilla, pero hay dos nuevos personajes en escena. Dos tipos negros y fornidos están colocando una toalla enrollada debajo de mi pelvis de modo que mi trasero queda algo elevado. Veo con horror que proceden también a quitarme mis calzoncillos y atar mis pies y mis manos con unas esposas a la camilla, inmovilizándome. Yo por mi parte sigo sin ser consciente de nada en el video. Ahora empiezo a anticipar lo que viene a continuación y no quiero verlo. Entro en shock.

¿Sabéis cuando una cosa desagradable está pasando por delante de vuestras narices y no queréis verlo pero sin embargo no podéis apartar la vista? Bien, espero que nunca tengáis que pasar por esto.

Me lleve una experiencia inolvidable. Sí. Tengo un video que muestra como unos sujetos decoran la habitación de masajes como si fuera la iglesia del anti cristo, como se dedican a sodomizar mi cuerpo repetidas veces turnándose y por si tenéis curiosidad insana, si, estos negros estaban muy bien dotados. Tengo de recuerdo un tatuaje enorme que cubre mi espalda en la totalidad. Parece una especie de pentagrama muy elaborado y no deja un trocito de mi piel al aire. Creo que nunca más podré volver a ir a una piscina o una playa. Al final del video aparece una imagen fija de mi cuerpo tumbado sobre la camilla de la tortura y una voz en off que me avisa de la difusión de dicho video en todas mis redes sociales y mis contactos de trabajo si en dos semana nos consigo recomendar esta experiencia inolvidable a tres “amigos”.

En Madird a 11/11/2015

José Miguel Rodríguez